Si alguien que jamás haya tenido siquiera un contacto remoto con un perro decidiera, intentando saber lo que es un perro, recurrir a un diccionario, obtendría, obviamente, un conocimiento muy pobre. Lo mismo sucede con el significado de la palabra “amor”. No estoy desestimando los conocimientos que el diccionario nos ofrece. Me importa subrayar que una palabra carece de la posibilidad de evocar una experiencia que nunca hemos tenido.
Los conocimientos que las palabras nos trasmiten sólo pueden alcanzar su mejor forma en la medida en que marchamos a su encuentro “en la mitad del camino”, cuando esas palabras nos evocan las experiencias previas que nos deparó la vida.
Agreguemos a esto que tenemos miles de palabras para designar a los objetos, muchas, aunque no tantas, para categorizar a las acciones, y unas pocas, muy pocas, para nombrar los sentimientos. Sabemos que los sentimientos no dependen de las palabras para acceder a la conciencia, pero además sucede que hemos progresado mucho en “cosas” como la utilización del rayo laser o el conocimiento de los anticuerpos monoclonales, pero nos conmueven todavía los conflictos afectivos que nos describen obras literarias que han sido escritas en una pequeña aldea del año 1600 o en la Grecia antigua.
El Diccionario Encarta lo mismo que el Diccionario de la Real Academia Española, señala que la palabra “amar”, en su primera acepción significa “tener amor a alguien o algo”, y en su segunda acepción, en desuso en nuestro idioma, “desear”. Despierta curiosidad el ver que el verbo “amar”, consignado en el diccionario como un verbo transitivo, lo cual supone una acción que se ejerce sobre algo o sobre alguien, sea definido únicamente como un sentimiento que un sujeto “tiene”.
En cuanto a la palabra “amor” se la define, en lo esencial, y en diversas acepciones, como tendencia, atracción y sentimiento, que conducen hacia la entrega y el encuentro. Quedémonos entonces, sin el ánimo de ser completos o exhaustivos en los pormenores de la definición, con la idea de que el amor es un sentimiento que nos inclina hacia la cercanía y la unión con lo que amamos, pero no omitamos señalar que ese sentimiento incluye los deseos y los actos que procuran el cuidado, la conservación y “el bienestar” de lo que amamos.
El odio es en cambio definido (en el Diccionario Encarta) como “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. Dado que se lo considera como el antónimo por excelencia del amor, corroboramos entonces que dentro del amor se incluye también la simpatía, y el reciente descubrimiento de las neuronas “espejo” nos revela que esos sentimientos se arraigan fuertemente en la estructura misma de nuestros sistemas orgánicos.
Hace poco, en el libro "Las cosas de la vida", decíamos:
"Hablamos de la amistad y del cariño que se construyen con los años y con los recuerdos compartidos. Hablamos de la familiaridad y de la confianza que genera la convivencia estrecha. Hablamos del compañerismo que surge cuando se tienen las mismas necesidades, intenciones y proyectos. Hablamos de los deseos de una unión genital, y también del deseo de estar cerca, o de ser consolado, acariciado y confortado. Hablamos de los dos grandes afrodisíacos que conducen al orgasmo: el ángel de la ternura y el demonio de las fantasías perversas.
Hablamos de la simpatía que nace en un instante dado en la ocasión de una mirada, un gesto, una actitud, y de la excitación que se experimenta frente a la desenvoltura de una conducta erótica. Hablamos de la aceptación de nuestra persona, tal cual es, implícita en la sonrisa con la cual nos estiman. ¡Y a toda esa diversidad la llamamos “amor”, con una misma palabra!
Digamos, sin ánimo de definición, que el amor adquiere en muchos casos la apariencia de una figura esquiva, inalcanzable, y que en otros se nos presenta como una cierta forma de “iluminación”, momentánea y transitoria, que forma parte del misterio de la vida. Produce entonces una sensación de curiosidad, respeto y maravilla, que nos lleva a ubicarlo en el lugar de lo sublime. […] Podría decirse […] que el hombre enamorado se vuelve capaz de conmoverse ante la luz de la luna o ante la magnitud del cielo estrellado […] pero existe también una capacidad de enamorarse, y es la misma que nos hace sensibles a la belleza de un crepúsculo.[…].
Es cierto que el adolescente se enamora desde sus impulsos juveniles, pero son los mismos impulsos que alimentan las diferentes formas de su entusiasmo entero. […] Cuando el adulto, o el anciano, pierden la curiosidad del niño y la pasión del joven, su mirada no se apaga porque se han tornado añosos, sino porque en el transcurrir de su vida su vitalidad se ha arruinado".
¿Qué se ama cuando se ama? ¿Existen formas “normales” y “patológicas” de amar?
El diccionario, como hemos visto, consigna que, como la experiencia muestra, sentimos amor hacia algo o hacia alguien, pero no es menos cierto que cuando profundizamos en las circunstancias que acompañan nuestro amor, o si queremos dar razón a sus motivos, descubrimos que si amamos a quien amamos es “por algo” que solemos denominar sus cualidades.
No siempre esas cualidades serán las que nuestro pensamiento alega, porque aunque una parte importante de nuestro sentimiento de amor nos conduce a identificar las cualidades que amamos y llevarlas a nuestra conciencia en el afán de deleitarnos, entusiasmarnos o extasiarnos con ellas, no es menos cierto que nuestro amor, y con él la inclinación de nuestro ánimo, nace muy frecuentemente mucho antes de que nuestra conciencia pueda atribuirlo a las cualidades que aducimos.
El elenco de cualidades que solemos amar en cosas y personas puede ser muy amplio pero, más importante que entrar en su detalle, me parece subrayar dos circunstancias generales que lo caracterizan. La primera de ellas es que se trata de cualidades hacia las cuales deseamos acercarnos porque nos “hacen falta”, y la segunda, corolario de la primera, es que nos hacen falta “para algo”, se trate de construir el nido que llamamos familia, de tener hijos que puedan ser amados, o de “poner en obra” nuestra vida, en nuestro entorno, en la plenitud de su forma.
Mientras que la palabra “patológico” se refiere sin lugar a dudas a la enfermedad, la palabra “normal” posee dos acepciones diferentes. Es cierto que normal es lo que coincide con la norma, pero la norma puede ser trazada con el criterio “ideal” que procura elegir aquello que funciona mejor, o con el criterio estadístico que la diseña a partir de lo que predomina.
Desde este último punto de vista, tal como lo ha señalado Weizsaecker, la enfermedad es normal. Limitémonos entonces al hecho escueto de que hay amores que funcionan bien y otros que funcionan mal, y agreguemos enseguida que los primeros nos “hacen bien” porque enriquecen placenteramente nuestra vida y la conducen hacia su plenitud, y que los segundos nos “hacen mal” porque entorpecen gravemente su trayectoria y nos llenan de sufrimientos.
Muchos autores han subrayado la diferencia entre el enamoramiento y el amor, señalando con acierto que el primero se construye desde una forma “voluntaria” de ceguera que conduce inexorablemente hacia la desilusión, mientras que el amor se teje por entero con las hebras de la realidad. Por otra parte todo aquel que alguna vez se haya enamorado, no dejará de suscribir la sentencia que sostiene que de ilusión también se vive.
Dejaremos de lado sin embargo la cuestión que diferencia el enamoramiento del amor, sobre la cual tanto se ha dicho, para dedicar unas pocas palabras al hecho, que se reconoce menos, de que el amor no existe separado del odio. Aclaremos primero que, a pesar de las costumbres del lenguaje, hay una importante diferencia entre el querer y el amar. 
Los italianos tienen una hermosa expresión que no existe en castellano, para decir “te quiero” dicen ti voglio bene, “te quiero bien”, con lo cual reconocen que hay una forma mala del querer y, efectivamente, “hay amores que matan”. Quizá el ejemplo más claro del querer posesivo podemos encontrarlo pensando que el que quiere una rosa la pondrá en el florero de su escritorio, mientras que el que la ama la dejará vivir en la planta.
"...no todos los que nos aprecian nos aman ni todos los que nos desprecian nos odian.
En "Las cosas de la vida" decíamos:
"Es imposible saber cuán profundos serán nuestros cambios, pero no todos los que nos aprecian nos aman ni todos los que nos desprecian nos odian. Muchas veces el que aprecia vende y el que desprecia compra. Es necesario distinguir la bondad de la maldad tanto en las críticas como en los elogios. Debemos resignarnos a que nuestra vida se realice entre el odio y el amor, porque ninguno de ellos se dará sin el otro. Ambos existen también dentro de nosotros y las aguas navegables de nuestra existencia cotidiana transcurren, con apacible inocencia, entre dos filosos escollos: el odio a lo bueno, por querer lo mejor, y el amor a lo malo, por miedo a lo peor".
Pero, más allá, de la particular coexistencia del odio y el amor que allí señalábamos, nos interesa destacar ahora que, de un modo más general e inevitable, como una condición inexorable de la trama compleja y multifacética que constituye el mundo, el amor conlleva el odio y el odio el amor. ¿No es cierto acaso que cuando amamos algo sentimos odio por todo aquello que puede destruirlo, y cuando odiamos, amamos a quienes comparten nuestro odio?
No se agota sin embargo en este punto el encuentro inevitable del amor y el odio. No siempre podemos diferenciar con claridad entre los sentimientos de amor y de odio que se condensan en el ánimo durante el cotidiano convivir. No se trata de una mezcla que nos permite divisar sus componentes, sino de una combinatoria estrecha en la cual recíprocamente ambos transforman sus facciones. Así, con esa “ambivalencia”, se construyen la envidia, los celos, la rivalidad y la culpa, esos cuatro gigantes que habitan nuestras vidas y de los cuales nunca logramos liberarnos del todo, y también se construyen nuestra “defensas” frente a ellos.
En un trabajo que realizamos en el año 2003 (El valor afectivo) escribimos: "Lejos hoy […] de ese campo ingenuo en el cual, frente a la sempiterna danza de Eros y Tánatos, creíamos otrora identificar sin dudas las virtudes del bueno y los desplantes del malo, hemos aprendido que la vida […] transcurre en un “borde” de equilibrio inestable […] Ese borde en el cual la vida es activa y en el cual inevitable y fatalmente se vive, es también el lugar […] donde la creatividad suele despertar al odio y el odio, a veces, se vuelve creativo."
Ya no se trata entonces de seguir insistiendo, desde un romanticismo ingenuo y anacrónico, en la supuesta pureza de los grandes y eternos valores. Parafraseando a Freud tal vez pueda decirse que se trata de mezclar el oro puro de los ideales con el cobre del pragmatismo que la biosfera toda nos enseña. Pero tampoco la cuestión reside, es imprescindible aclararlo, en construirse para cada ocasión, a la manera de una prótesis desechable, un valor conveniente y “oportuno”. Como ocurre con colores y sabores, también entre al amor y el odio hay mezclas y combinaciones que mejoran los valores “puros”. Es necesario aprender a distinguir las combinaciones insalubres de aquellas otras que nos hacen bien.
Luis Chiozza
El autor nació en Buenos Aires en 1930 y se graduó como médico en 1955. Fue Miembro Titular en función didáctica en la Asociación Psicoanalítica Argentina y Titular de la cátedra de Psicofisiología de la Universidad del Salvador de Buenos Aires. Fue Miembro fundador del Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática.
Es Director del Centro Weizsaecker de Consulta Medica y del Instituto de Docencia e Investigación de la Fundación Luis Chiozza. Presidente Honorario del Istituto di Ricerca Psicosomatica-Psicoanalitica Arminda Aberastury de Perugia, Italia.
Miembro del Comité Asesor del International Journal of Neuropsychoanalysis (Karnac, London-New York) y del Analytic Psychotherapy and Psychopatology, publicado por la Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Roma.
Miembro del Comité Promotor de Seminarios, en el Istituto di Psicologia, Facolta Medica, Università degli Studi di Milano, y Miembro del Comité Consultor Internacional de la Rivista della Società Italiana di Antropologia Medica.
En 1996 le fue otorgado el Premio Konex en Psicoanálisis
En 2004 la Comuna de Génova le otorgó el "Grifo D’ Argento".
En 2009 la Universidad Nacional de Río Cuarto le otorgó al Dr Luis Chiozza el título de “Doctor Honoris Causa” en reconocimiento por sus desarrollos científicos y sus cualidades personales..
Ha publicado numerosos libros sobre los significados inconcientes de los trastornos orgánicos y sobre la técnica psicoanalítica en Argentina, España, Italia, Brasil y EE.UU.
El artículo publicado fue enviado por el doctor Gustavo R. Bonzón.








Tardará, tardará.