Hoy, en la Librería de La Paz (Bolivia), se producirá uno de los acontecimientos literarios más esperados del año: la presentación, por parte del abogado inconstitucionalista Rolando Toledo de su libro autobiográfico "Una de CAL y otra de arena", con prólogo del ex fiscal Carlos Flores Leyes.
Toledo es una figura muy querida de la sociedad chaqueña, ya que llegó al cargo de juez del Superior Tribunal de Justicia sorteando múltiples adversidades que le puso delante la vida, como las 20.000 firmas que pretendieron impugnarlo por estar claramente identificado con un sector político (el rozismo) y haber sido miembro de la Comisión de Asesoramiento Legislativo (CAL), un órgano creado durante la dictadura militar a modo de simulacro de Legislatura y para darle un barniz de pretendida legitimidad al régimen castrense.
Pese a esos cuestionamientos, y gracias al conmovedor apoyo brindado por Convalecencia Social, el movimiento revolucionario liderado por Angel Rozas, Toledo fue designado juez, en medio de manifestaciones de roñosos opositores, contenidas por impresionantes dispositivos policiales que hicieron recordar, emocionadamente, a los tiempos de la CAL. El ex ministro coordinador de Rozas fue elegido juez casi al mismo tiempo que era suspendida la jueza civil Cynthia Lotero de Volman, la desubicada y dañina magistrada que había dictaminado la inconstitucionalidad del pago de salarios con bonos Quebracho durante, justamente, los años de gestión rozista.
Lotero, en un vergonzoso fallo totalmente traído de los pelos, consideró que el artículo 76 de la Constitución del Chaco, al decir que el Estado "no podrá disponer quitas, esperas, remisión o pagos que no fueren en monedas de curso legal" para las remuneraciones de sus agentes, ¡impedía los pagos con bonos!
Es cierto, los Quebrachos no eran monedas de curso legal, pero el papel en que habían sido impresos era lindo, y homenajeaban a un noble árbol que no se merecía la actitud de la jueza. Por otro lado, los bonos contribuyeron a una redistribución de la riqueza, y así miles de empleados públicos dejaron parte de sus salarios para que muchos niños ricos con tristeza fueran menos tristes al ver que sus papás, con maniobras especulativas consentidas por el gobierno, se hacían más ricos con la compra-venta de Quebrachos.
Los comienzos
Volviendo al libro de Toledo, leerlo es un reencuentro con los valores que hicieron grande a este país. Desde el vamos, la obra conmueve con el prólogo de Flores Leyes, otro funcionario judicial vilmente atacado por sectores repugnantes que no le perdonan haber participado de interrogatorios a presos políticos bajo tortura en los '70, motivo por el cual se encuentra actualmente procesado. Dice Flores (sin) Leyes: "Saludo fervorosamente la decisión Rolando, mi hermano en la fe, de compartir las vivencias de su intensa existencia. Los que, como él, abrazamos las grandes banderas de la Patria, cuando escuchamos a los que nos atacan, simplemente les decimos: adonde vayan no nos dejaremos encontrar".
Toda la primera parte de "Una de CAL y otra de arena" se refiere a la infancia de Toledo, cuando en la escuela primaria conformó la Comisión de Asesoramiento Alumnario, un órgano creado por la directora de su colegio para blanquear los punterazos aplicados en los marotes de los pendejos de mierda que jugaban a la pelota en los recreos.
En un célebre dictamen firmado por el niño Roly, se leía: "Si se considerara reprobable el tongo, el punterazo, el cococho legítimamente aplicado por integrantes del cuerpo docente y/o directivo del establecimiento educativo sobre los cráneos u otras partes de la anatomía de los educandos, estaríamos privando a la sociedad de una fértil herramienta correctiva que si fuera perdida nos dejaría en la más absoluta orfandad ante las fuerzas malignas del universo". Al lado se veía un enternecedor dibujo de una casa, un árbol, y una docente sopapeando a un chico, y debajo un garabato donde se leía "La maestra pega cuando nos quiere".
El zurdaje, obviamente, se salteará esos capítulos para ver qué pelo puede encontrar en la leche del relato relacionado con la participación de Toledo en la CAL. Se llevarán un merecido fiasco, ya que allí RT confirma que, como lo dijera al ser impugnado como candidato al Superior Tribunal, aceptó el ofrecimiento militar de participar en la Comisión de Asesoramiento Legislativo "para defender los derechos civiles y propiciar el retorno de la democracia".
En la página 312 dice el autor: "Cuando el general Serrano y el coronel Ruiz Palacios me dijeron que la CAL tenía que ceñirse al Estatuto del Proceso de Reorganización Nacional, llegué a pensar en accionar los explosivos plásticos que yo llevaba debajo de la camisa desde el momento en que supe que iba a tener la entrevista con ambos jerarcas de la inmunda dictadura, pero en el último microsegundo me contuve, porque una voz interior me preguntó qué sería entonces de los 4.312 militantes de izquierda que yo protegía y ocultaba en la piecita del fondo de mi casa".
El libro, en ese punto, se vuelve fuente de una impactante revelación: cual Oskar Schindler en la Alemania nazi, Toledo recibía en su domicilio a todos aquellos que huían de la brutal represión castrense, y los hacía figurar como empleados de una fábrica de helado en palito. Luego, por tren, eran enviados a Checoslovaquia, donde cobraron el Plan Jefes de Hogar de aquel país hasta que Toledo logró que finalizara la dictadura y retornara el Estado de Derecho.
Sobre el final, como sintiéndose liberado por haber dicho lo callado tantas décadas, el juez advierte que no tolerará ningún tipo de homenaje o reconocimiento por parte de organismos de derechos humanos o familiares de desaparecidos. "Sólo les pido que eleven una plegaria por los que ya no están, y por el doctor Rozas", concluye.
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Tardará, tardará.
Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...