Muchas veces la vida nos coloca ante situaciones que ponen a prueba nuestras convicciones y nuestro valor. Son esas vivencias las que nos definen por completo, no ante los demás, sino ante nosotros mismos, y van conformando nuestro juicio personal.
Una de esas situaciones me encontró en pleno alboroto hormonal, cuando las ganas superan con creces a las concreciones, y lamento decir que no me dejó bien parado.
Â
Comenzaba yo la tierna adolescencia (la edad no viene al caso), dorada época en que uno comienza a sentir que todo es una mierda, cuando me tocó asistir al hospital para la aplicación de una inyección de no sé qué (tampoco viene al caso).
Ya en esos tiempos, padecÃa yo los efectos de una timidez devastadora, que me bloqueaba completamente al estar en un radio de diez metros de cualquier presencia femenina de edad similar a la mÃa, o cuya belleza estuviera enmarcada en mis amplios cánones. Era evitar a toda costa la cercanÃa de las chicas, pues en su presencia enmudecÃa como un idiota. Cero ideas, cero charla. Sólo me faltaba babear y poner los ojos en blanco para recibir el diploma de Patético del Año. El hecho de que las señoras de avanzada edad me encontraran muy agraciado no me ayudaba en nada, ya que la opinión que me importaba era la de las borregas de mi edad, y ahà el panorama se me presentaba bastante oscuro, o eso pensaba yo, con mi autoestima por debajo del nivel del suelo.
Ocurrió que debÃa ir al hospital de mi tierra, de modo que me presenté entonces en la ventanilla correspondiente, aboné la suma de rigor que habÃa que pagar en aquel tiempo, y me dispuse a esperar en los incómodos bancos del hospital. La espera en esos bancos amurados de cemento cubierto por minúsculos azulejos cuadrados, de color celeste desvaÃdo, observando la marcha de personas enfermas y asustadas, o preocupadas, o malhumoradas, por largos pasillos de pintura descascarada, no era la mejor de las situaciones. En esa época comencé a vislumbrar un fenómeno en absoluto novedoso: en las salas de espera de cualquier cosa, el tiempo se alarga y se enrosca y se hace insoportablemente largo.
Tras la eternidad correspondiente, llegado mi turno, se abrió la puerta de la sala de guardia y asomó la cabeza una enfermera no exactamente joven, pero sà bastante linda. Hastiado de esperar, y con el anhelo de salir de una vez de aquel lugar antes de que mi piel se pusiera gris y apergaminada o las paredes me absorbieran y me integraran a su tétrica superficie, me acerqué a la puerta. Con voz aflautada por culpa del bendito cambio hormonal, y dominando a duras penas la timidez, le informé a la enfermera los motivos que me habian llevado a tan sombrÃo lugar. La mujer me miró de arriba a abajo y me expresó: "Cómo no. ¿Ya ha pagado el bonito?".
Ahà empezó la debacle. Durante un segundo que percibà como una eternidad, mi sistema vital entró en crisis: externamente sentà que me ponÃa rojo tomate, el corazón se me disparó, mis piernas adquirieron la consistencia de la gelatina, me tembló la barbilla, se me aflojó la mandÃbula y los ojos se me desorbitaron. "El bonito", habÃa dicho, y que la enfermera me estaba piropeando fue lo último que registró mi mente antes de quedarse en blanco.
Luego de permanecer asà un tiempo incalculable, al parecer se me activó un circuito de emergencia, o se me reseteó la mente o algo asÃ, y pasé otro perÃodo similar tratando de decir algo, pero aunque mi cerebro recuperaba a grandes rasgos su actividad normal, los órganos involucrados en la función del habla (a saber: laringe, cuerdas vocales, lengua, paladar, labios, etc.) se negaban redondamente a ejercer su función. Durante ese aterrador segundo, una parte de mà tenÃa la espantosa seguridad de que me estaba viendo como un total y absoluto idiota, pero nada podÃa hacer para remediarlo, lo que me hacÃa sentir aún más miserable.
Eso sumado al hecho de que la enfermera me habia piropeado, y debÃa encontrar un modo digno de responder, o de comportarme. ¿Pero cómo responder dignamente con mi cuerpo en huelga? Y ¿qué le iba a decir? ¿HacÃa como si no la hubiera escuchado, o como si estuviera habituado a los piropos? ¿Qué correspondÃa hacer, responderle con otro piropo, darle un beso, manotearle algo? ¿EstarÃa mal visto un romance entre un cuasi niño y una enfermera madura?
Como mencioné antes, esta terrible cadena de sucesos duró tan sólo un segundo. Al segundo siguiente vislumbré la triste realidad: la enfermera me estaba preguntado si yo habÃa pagado el bono que habÃa que abonar para recibir atención.
Me aclaré la garganta, respondà afirmativamente y entré, infinitamente aliviado.
Siempre fui un creÃdo y un cagón.
Â
Mario Peregrino
Â
Â
.








Tardará, tardará.
Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...