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Un ejemplo de transparencia: descubrimos a las mujeres tejedoras que financiaron los gastos del festejo electoral de Máxima Ayala

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Cuando Máxima Ayala anunció que, no contenta con haber gastado por lo menos 20 millones de pesos en la campaña que le permitió ser reelecta como intendente de todos los resistencianos, iba a realizar un acto de festejo por el triunfo obtenido, los roñosos mentales de siempre dijeron: ¿Cuándo mierda se van a dedicar nuestros dirigentes a administrar?¿No alcanzaron las cuatro campañas electorales  (las primarias, las para gobernador, las de intendente y las presidenciales) metidas en dos meses y medio?

 

Son, claro, las preguntas de los necios, que no se agotaban ahí. Ellos también se interrogaban acerca del origen de los fondos con los que se iba a financiar el festejo ayalesco (ya que dejaron de preguntarse por el origen de los fondos que financiaron la campaña electoral, ante la falta de respuestas), y -en el colmo de la mala leche- objetaban el fachismo oculto en la denominación de la convocatoria ("La fiesta de todos"), como si todos los habitantes de la capital del Chaco hubieran apoyado la continuidad de la gestión lomoburrista.

 

Vale la pena creer

 

AN, pese a condenar terminantemente ese perverso juego de sospechas, contactó de todos modos al equipo de asesores de Máxima, a fin de trasladar los cuestionamientos y las dudas lanzadas al viento por esos sectores que siguen sin querer reconocer que a la ciudad del futuro la estamos haciendo hoy. "No vamos a decir de dónde salen los fondos, jamás", fue la sorprendente contestación ante cada requerimiento.

Hasta que una fuente a la que llamaremos "Garganta Profunda" (no por una analogía con el Watergate, sino por fascinantes características fisonómicas) nos soltó un dato que a la postre resultaría esclarecedor: "No lo quieren decir por humildad, les gusta trabajar en silencio".

La investigación se puso en marcha, y así llegamos a una amplia y antigua casona de Villa San Martín, donde desde octubre del año pasado trabajan 800 mujeres tejedoras que elaboran todo tipo de prendas que luego son vendidas para financiar los movimientos partidarios de Ayala. Se abría ante nosotros una historia repleta de compromiso, pero sobre todo ¡de amor!

 

Todo a pulmón

 

Al tocar el timbre de la casa, el bullicio interior se apagó súbitamente y luego escuchamos un cuchicheo detrás de la puerta. Luego, la pregunta: "¿Contraseña?". No contábamos con eso. La mente rápidamente nos lanza a un primer intento: "Jacinto". Vemos al picaporte girar y a nuestros ojos aparece una mujer de miriñaque verde oscuro, unos cuarenta años, cabello recogido y ojos no sabemos de qué color porque las tetas le revientan  bajo la tela tensa. "¿Sois los que venís a reparar la caldera?", nos pregunta con su voz de seda y miel. Respondemos con una erección afirmativa.

Tetas nos guía hacia adentro, y entonces nos sumergimos en un universo fascinante, de habitaciones repletas de mujeres que tejen y cosen sin cesar, que se cruzan veloces para entregar un género o hacerse de un ovillo de lana. "¡Aprisa, aprisa, menos palabras y más manos!", las reprende con una dureza impostada una de las que parece conducir a los grupos. Las otras le responden con risitas y un mayor ritmo en sus movimientos.

Hay en todas partes una bruma suave, bañada de la luz tímida que llega desde ventanas lánguidas que dan a un patio de azaleas y helechos, y una fragancia de azúcar quemada y leche marchando al hervor. Inútilmente dirigimos los ojos hacia las más jóvenes intentando construir un encuentro de miradas que nos permita conseguir algún número de celular y tener la chance de una empomación memorable. Ellas no quitan la atención de sus hilos y lienzos. Váyanse a cagar, boludas.

 

Por amor

 

Cuando Tetas, al cabo de hablarnos 20 minutos sobre los problemas de la caldera, nota que en ningún momento pudimos dejar de mirar su escote y que nuestras sonrisas derraman copiosa saliva en las comisuras, se detiene y nos dice: "¿De veras sois los de la caldera?"

Nos avergüenza ser descubiertos, pero le decimos la verdad. Ella lanza una exclamación de espanto y se lleva la manecita a la boca. "No se preocupe -se mete nuestro fotógrafo intentando resolver la situación-, si quiere le pegamos una guasqueada y nos vamos". Intercedo raudo: "Disculpe, sólo buscamos información, somos hombres de la prensa libre, en busca de la verdad objetiva".

Tetas parece no saber qué hacer. Se friega las manos sobre la falda, mira hacia la sala contigua para ver si alguien nos escucha, se muerde el labio inferior. Finalmente, tras una serie de tocamientos inverecundos, accede y nos cuenta todo.

La idea surgió espontáneamente, en un primer grupo de damas caritativas, cuando en una reunión realizada en 2010 escucharon a Ayala decir que no sabía de dónde sacar 20 millones para pelear por su reelección en 2011 y tener la posibilidad de seguir luchando por la felicidad del pueblo y de Martínez Construcciones. Varias mujeres, al cabo de los días, se dijeron: "¿Y si imitamos a aquellas mendocinas que cosieron y bordaron la bandera con la que San Martín cruzó Los Andes para liberar a la América del yugo realista?"

No lo dudaron, y así comenzó la gran empresa. En la casona se hacen bufandas, camisas, todo tipo de abrigos, mantas, tapices, prendas para recién nacidos y hasta artículos íntimos para épocas invernales (concretamente, condones de lana).

Para agosto de este año, las tejedoras habían recaudado nada menos que 1.058 pesos. Lo otro, dice Tetas, no saben de donde salió. "Probablemente de otras tejedoras", dice mientras se viste.

Sin dudas, el sueño está vivo.

 

 

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Actualizado ( Jueves, 01 de Diciembre de 2011 10:34 )  

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