La obsesión argentina por la gripe A se instaló con toda potencia también en el Chaco, donde, con esa excusa, miles de agentes del Estado se rascan bolas y cachunchas a cuatro manos desde hace varios dÃas y por una cantidad indefinida de semanitas. La psicosis se respira en las calles, y ayer tuvo una consecuencia trágica, ya que una multitud masacró a un hombre que cruzaba Plaza 25 de Mayo y tosió un par de veces.
La vÃctima fue identificada como Juan Alberto Landaburu, un electricista de 38 años que cerca de las 11 de la mañana atravesaba la plaza central tras alquilar una pelÃcula en un videoclub de la calle Pueyrredón. Con el dvd en la mano (el film era la pelÃcula condicionada-romántica "Te matraquearé en silencio", que relata la historia de un hombre que mantiene sexo anal frecuente con una mujer y no sabe cómo decirle que quiere ser algo más que su amigo), el operario ingresó a la plaza desde la esquina de Mitre y 25 de Mayo, dirigiéndose hacia avenida 9 de Julio, donde pensaba tomar un colectivo para llegar a su casa, ubicada en el Barrio La Toma, de Barranqueras.
Sin siquiera imaginar que la muerte lo esperaba (esta frase no puede faltar en una crónica de este tipo, aunque sea absolutamente pelotudo sugerir que alguien sabe cuándo lo espera la muerte), Landaburu estaba bordeando el monumento al general José de San MartÃn, cuando tosió por primera vez. Un muchacho que estaba sentado en un banco próximo, dejó de manosear las tetas de su prima y le gritó: "¡Eh, guampudo, si vas a toser meté la jeta en el hueco del codo, la concha de tu vieja!".
Landaburu se giró para saber quién lo insultaba, y muy irritado contestó: "¡Toser en el hueco del codo no garantiza nada, según los últimos estudios publicados en en la revista Science, que siguió el caso de 1.800 estudiantes, la mitad de los cuales tosÃa con ese recurso, mientras que el resto tosÃa normalmente!¡Informate primero, pajero!"
El electricista retomó la marcha, sin advertir que el primo manoseador se habÃa puesto de pie y lo seguÃa a unos quince metros. En sentido contrario, es decir acercándose a Landaburu, caminaba el empleado legislativo Jesús Magancio, con tres barbijos encimados sobre narÃz y boca, y dos más tapando las orejas. "¡Guarda que ése que tenés adelante tosió recién, me parece que es el apestoso de mierda que empezó con la epidema en el paÃs!", le gritó el otro desde atrás de Landaburu.
Quiso el destino que el electricista tosiera entonces por segunda vez, sin siquiera tener tiempo a llevar su mano al rostro. "¡Viste, viste, está todo podrido el vago éste!", aprovechó para decir el perseguidor, mientras Magancio se arrojaba -en espectacular palomita- hacia los arbustos que estaban juinto al sendero, en un desesperado intento por esquivar el cono de partÃculas húmedas que salió de la boca de Landaburu.
"¡Hijo de puta, asesino, asesino!", acusó Magancio mientras volvÃa a ponerse de pie. "¡Reviselén si se lavó las manos, si se lavó las manos reviselén!", vociferaba, desde unos 30 metros, una jubilada sentada al sol, bajándole el volumen a la radio en la que escuchaba temas de Los Iracundos.
Viendo que algo estaba sucediendo, otros paseantes de esa hora se detuvieron a observar la escena, y comenzaron a aproximarse lentamente. "Vengan, parece que se escapó uno que tiene la gripe de mierda y vino a la plaza para endrogarse", arengó uno de quienes iban al frente de ese pelotón.
Al percibir que algo se habÃa roto en lo que debÃa haber sido una mañana más de domingo, Landaburu aceleró el paso hacia 9 de Julio, decisión que lo único que logró fue avivar en los demás la sospecha de que estaba infectado y buscaba huir de cualquier acción de control sanitario.
"¡Guacho de mierda, a mi hijo no me lo vas a matar!", se enfureció entonces un hombre de unos 45 años, que echó a correr sin ningún disimulo hacia Landaburu, que ante ello también inició un pique corto que lo puso en un instante del otro lado de la calle Frondizi. Como tuvo la fortuna de que inmediatamente luego de su traspaso apareciera una larga columna de vehÃculos sobre la calle, los otros no pudieron cruzarla. Landaburu se dio vuelta, aliviado, e hizo un enérgico corte de manga a la pequeña multitud (unas 20 personas) que habÃa quedado frenada en la plaza.
Sin embargo, los exaltados lograron llamar la atención de quienes estaban sentados en las mesas exteriores de la confiterÃa Zan En, que se pararon y avanzaron hacia Landaburu, que volvió a caminar con prisa, esta vez hacia la calle José MarÃa Paz. Una señora que esperaba el colectivo le hizo una zancadilla, y el electricista cayó sobre la vereda, instante en el cual un muchacho de unos 16 años le pegó una patada en la cara, quebrándole la nariz y bajándole dos dientes.
Sangrando y tambaleante, logró recuperarse y correr desarticuladamente hasta cruzar Paz. Pero un motociclista que habÃa visto el episodio de metros antes, lo atropelló con su vehÃculo subiendo a la acera, disparándolo contra la puerta de una farmacia, en la que se estrelló de cara, sufriendo varios cortes en el rostro. "¡Tiene la gripe A y tiene como tres dÃas de no lavarse las manos, a pesar de que atiende un comedor infantil!", gritó el motociclista.
El rengo que suele pedir monedas en la vereda del Pami vio todo, y cruzó la avenida para incrustarle la punta de su muleta entre las costillas. "Eso, eso", aprobaron los que vieron el ataque. "¡Matalo, estos son los tipos que por no usar barbijo nos están dejando sin bosques!", lanzó un remisero que pasaba muy lentamente para ver si la pelea seguirÃa.
Landaburu se aferró a los picaportes de la puerta de la farmacia para volver a posición vertical, y al intentar seguir por 9 de Julio hacia Sáenz Peña vio a dos policÃas frente al edificio de Tribunales, que veÃan desde lejos el tumulto como sin saber qué hacer. "¡Vengan, vengan, hay un hijo de puta que tiene la gripe y por culpa de eso le tuvieron que cortar la gamba al rengo del Pami!" , les reclamó un automovilista que se habÃa detenido con la audaz maniobra de la moto.
La decisión fue no seguir por la avenida, sino encarar por José M. Paz hacia Juan B. Justo. Al pasar por el quiosco de revistas instalado en ese segmento, tres clientes lo golpearon frenéticamente en la cabeza con libros de la colección "Pensadores del Siglo VII". Landaburu cayó, casi noqueado, y tres intentos de ponerse de pie fracasaron dramáticamente, ya que unos cinco niños cuidacoches aprovechaban para pegarle en la cara con sus baldes.
Arrastrándose, Landaburu buscó llegar a Justo, pensando que una vez allà podrÃa detener algún remÃs y tratar de salir de la ineseparada experiencia. Cuando llegó a la esquina, su mano le pesaba una tonelada, pero aún asà pudo levantarla para pedir a un colectivo que se detuviera. Asà fue, pero cuando el ómnibus paró, los gritos de los perseguidores ilustraron a los pasajeros, que entonces descendieron, tomaron macetas de la florerÃa situada allÃ, y las partieron contra el cráneo de Landaburu.
Cuando llegó la asistencia médica de emergencia, el profesional a cargo sólo pudo confirmar el deceso del electricista. La noticia desató un verdadero carnaval en el gentÃo que para entonces se habÃa congregado en la zona.








Tardará, tardará.
Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...