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Angaú Fuera de Joda: El buen camino

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El kirchnerismo no es muy diferente del menemismo y de cada una de las reformulaciones que propuso El Modelo en los últimos 26 años. No hay que enojarse, pero una cosa son los proyectos y otra lo que se vende para la gilada. Así lo entendió Menem en su momento.

 
Postales. Cierre de la campaña Menem-Duhalde en Mar del Plata, fines de los ochenta. Revolución Productiva, Salariazo y cantos de sirena. Me quedo con dos imágenes: una, la de unos viejos carcamanes que salían del Hotel Hermitage y cuando vieron que por la costanera avanzaba una columna de negros que iba al acto, mascullaron: “Ahí viene el aluvión zoológico”/ frase emblemática, expresión cabal del gorilismo que condensaba una cremosidad parecida al relleno de los alfajores Havanna.

La otra imagen es la de un bondi “oficialista”, uno de esos colectivos viejos, redondeados y con las ventanitas como paralelogramos, que había sido íntegramente pintado sobre la base de la visión brecciana de la mitología “Nac-Pop”, inmortalizada en “El Sueñero” y después rescatada con inusitada sensibilidad por Solanas en una de sus películas de culto; claro que dicho así suena feo; nada que ver: realmente había mucha religiosidad en esa estampa, mucho amor y nostalgia militante.

Ni los viejos carcamanes ni la leyenda sobre ruedas mentaban programas económicos, más bien sublimaban el Mito de Origen de un Pueblo. Unos lo hacían con repulsa, desde esa agilidad mental a veces caracterizada como “porteña”, que no tiene otro objetivo que la síntesis de una visión compleja en una frase fatal; los otros con adoración a partir de una estética romántica y clasista. Lo que se movilizaba era un sentimiento arcaico, la fruición hacia o el aborrecimiento de una Ontología.

Aclaro esto porque cuando años después algún pensador me reprochó haber suscrito al menemismo, me costó decirle que no, que el menemismo había suscrito (y falseado y traicionado) a un sentimiento popular del que me sentía parte. Incluso me defendí: “Lo voté una sola vez”.

El pensador opinaba otra cosa: todos, millones, habíamos sido unos pelotudos importantes  en esa jornada histórica. Porque si hasta Álvaro Abós, con lo que implica para un peronista decir algo así, advirtió que “el Pueblo también se equivoca” después del triunfo del turco sobre Cafiero, entonces algunos millones éramos, indudablemente, unos pelotudos.

Cuando pienso en esas cosas me digo que en parte el colectivito pintado que vi en La Feliz explica lo que hice, así como la frase de los viejos gorilas, porque el substrato de ese yerro (mi voto adolescente) era la simple y llana Mística. Pero después recapacito: “Claro, las imágenes de los viejos y del colectivo explican el yerro, pero no lo justifican”.

 
Palabras I. Recién en la Facultad me permití las abstracciones, el atisbo estructuralista, la concepción de “dimensiones” que atravesaban la realidad, porque hasta entonces, como si yo mismo hubiese estado replicando la Historia de Occidente en mi cuerpo, había sido gnoseológicamente un “realista”.

En las aulas me dejé seducir por la idea de que el Poder era una “fuerza transformadora” y hasta entendí el problema teológico de la Santísima Trinidad. Así, de la noche a la mañana, la Épica de los avatares de un Pueblo se convirtió en la eficacia de una práctica. El Discurso era todo: ingeniería al servicio del obrar ajeno, praxis funcional. El Discurso era el Chasquido del Látigo, como dice un amigo.

Cuando una señora que había sido secuestrada y torturada durante la última dictadura dijo que los 30 mil desaparecidos no habían sido aniquilados “por pensar diferente”, sino porque tenían un Proyecto; es decir, por “actuar diferente”, supe que hablaba del “pensar” como “lo discursivo”, que se oponía al “actuar” como lo que no es pura palabrería. “No subestimemos la lucha de nuestros compañeros, las razones por las que vivieron y murieron”, sentenció para que se entendiera que no es con elegías ni canciones de protesta que un Pueblo se gana el derecho de ser asesinado por los milicos. Pero yo ya estaba pensando que el Discurso, cuando viene de arriba, es mucho más que palabras.

 
Palabras II. Del estudio de unas cuantas variables, del profundo conocimiento de la idiosincrasia de al menos los sectores medios de la mayor parte del país (a los que, de hecho, moldearon durante décadas y de los que también durante décadas se nutrieron para reflejar su filosofía), surgieron para Clarín las conjeturas que después terminaron por definir qué había que decir, cómo y cuándo, en un escenario político graciosamente “tinellizado”.

Por otro lado De Narváez, como si se dirigiera a los trogloditas del cuento de Borges –esos que están echados como despojos junto a un río de aguas turbias porque son inmortales y ya no les importa nada– invita a “hacer una campaña con propuestas, sin descalificaciones ni agravios”. Carente de la malicia elegante de “Ahí viene el aluvión zoológico”, a Francisco le alcanza con anunciar que hay que tener propuestas; no hace falta que se le caiga una sola idea. Total, de qué sirve que un tipo nos diga lo que va a hacer si al final hace lo contrario.

Mi “teoría del Discurso” se iba al traste porque en definitiva las prácticas habían sido prosaicas, abrumadoramente simples.

Para pegarle en la línea de flotación a un enemigo tan visible como el mismísimo gobierno nacional no hacen falta sutilezas: (Clarín, 31 de Mayo, Panorama Político). Eduardo van der Kooy –cabildero retribuido con el Konex y otras distinciones–, titula: “Los Kirchner sólo suman problemas”, y lanza esta bajada: “Las candidaturas testimoniales siguen causando trastornos al oficialismo. Las explicaciones de Scioli y Massa fueron débiles. El gobernador intenta preservar su imagen, pero aparece entre los fuegos de la oposición y los conflictos del Gobierno. Chávez se metió en la campaña”.  El “para qué” destituyente cae de maduro. Al parecer no hubo mucha ciencia en el asunto.


Providencia. Cualquier asador “sabe” que el asado no tiene secretos, que todo se reduce a ponerle sal a la carne, echarla sobre la parrilla y esperar. Cuanto menos se toque, mejor. Lo cierto es que el tipo miente: no está seguro y, obsesionado con su obra, permanecerá pendiente del menor chisporroteo durante toda la cocción.

Esa misma es la trampa de la ingeniería social de pacotilla que celebran los gurúes que por ahora no quieren hablar de Economía: una mentira autocomplaciente y, en mayor escala, una fábula convenida. Mienten sobre las corrientes oceánicas que impulsan a la sociedad a “estar harta” de los Kirchner, e igual que el asador, a cada rato hacen una nueva encuesta para ver si todo va como es debido. Vale decir: juran que el asado no tiene secretos pero no le sacan los ojos de encima.

Pero enrevesadas como están las cosas, “los políticos” no se sustraen del abuso de las mismas herramientas y metodologías que emplean los mercenarios de la Oligarquía. También ellos pispean el asado.

Por ejemplo, ahora que pasaron las elecciones y todos estamos preocupados por la Gripe A, en vez de abordar con políticas sanitarias serias el problema, corren atrás de los cables de noticias y están más preparados para contrarrestar las acusaciones por la falta de seriedad para encarar la pandemia que por la prevención, sobre todo, de la psicosis colectiva.

Cuando los medios cuyos anunciantes son, entre otros, los grandes laboratorios, dicen: “Y Moisés extendió sus manos al firmamento, y se abrieron los Cielos y de ellos bajó una cajita de Tamiflú”, los ministros epidemiólogos se hacen eco: “Hemos adquirido 400 millones de cajitas de Tamiflú para repartir gratuitamente entre la población”. Amén.

 
Los indios estaban cabreros. Hay un proverbio que dice: “El sabio habla de ideas, el inteligente de hechos, el vulgar de lo que come”. Todos somos un poco las tres cosas pero vamos de menor a mayor en nuestros intereses, porque incluso en el sabio las ideas están precedidas por la irrefutable certeza de que el estómago está lleno. Y si no, aparece ese otro inquietante convencimiento, el que da título a la obra de Cuzzani, y ahí sí que se pudre el rancho: “Los indios –habrá pensado algún dirigente– estaban cabreros”.

Esto pasó, y no tanto a expensas del Grupo Clarín (tengo que decirlo: ya no creo que al Discurso se le apliquen los principios de la física mecánica), cuanto a expensas de nuestro desánimo, del darnos la cabeza contra la pared una y otra vez como si fuese nuestro Destino Manifiesto, que para eso sí sirve el Discurso, más que nada por su efecto residual.

Sepámoslo: no somos ni seremos nunca La Gilada aunque nos volvamos locos con demasiada facilidad. Cuando acompañamos a Kirchner votando masivamente a Cristina vimos unos cuantos indicios de que las cosas podían ser distintas. Eso fue bueno y sabio de nuestra parte. Ahora que Kirchner “volvió a su centro”, se arrodilló ante el PJ heredero de todo menos de la lucha de los trabajadores y de los sueños de los pobres, dijimos “No, flaco; así no”. Eso quizás también haya sido sabio.
Y si mañana a Cristina se le ocurriera de verdad redistribuir un poquito, si Capitanich entendiera que la Educación, la Salud, la Vivienda y el Trabajo tienen que estar por encima de la entelequia de La Gestión, entonces seguramente meditaríamos un rato y diríamos, haciendo borrón y cuenta nueva: “Sí, Cristina; sí Coqui: van por buen camino”.
Remiul Ristanic (desde Macedonia)
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Actualizado ( Lunes, 27 de Julio de 2009 03:44 )  

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