En la alcaidÃa de Posadas, el anochecer va convirtiendo a los pabellones en sitios casi lúgubres. El chirrido de portones abriéndose y cerrándose y las puteadas cada vez más apagadas de algunos internos se mezclan con el olor pringoso que sale de los baños y del guiso que va a servirse en un rato más, mientras que de alguna radio brota la melodÃa berreta de un tema del grupo Ráfaga.
El cana que nos guÃa por un pasillo mugriento y húmedo se detiene unos metros antes de llegar a la celda de la que sale una luminosidad de 25 vatios. "No se acerque a la reja menos de dos metros, y acuérdese que son 15 minutos", avisa.
Cuando caminamos hasta ubicarnos frente a esa especie de cueva enrejada, la única de este pabellón especial, vemos a Celestino Vidal Rojas, el hombre que fue detenido por hacer mierda una de esas máquinas tragafichas en las que el desafÃo es atrapar un muñeco de peluche con una mano o garra mecánica. La policÃa dice que destrozó más de veinte peluches por quedarse con un osito. El lo niega, y habla de una ballena.
Vidal, por su alta peligrosidad, está de pie, atado con sunchos a una camilla. Tiene buena parte del rostro cubierto por una máscara de cuero que apenas permite ver sus dientes cuando habla. "El Hannibal de Misiones", como lo bautizó la prensa local, respira con una potencia lenta, mientras sus ojos helados nos miran con sorna.
Las medidas de seguridad no son ociosas. Celestino fue detenido esta semana tras hacer bolsa la máquina peluchera que existÃa en la Terminal de Omnibus de Posadas, pero se cree que no es su primer crimen. Por las caracterÃsticas de lo hecho en la estación, los investigadores misioneros sospechan que él también fue el autor del descuartizamiento de siete ositos panda y la decapitación de dos perritos de goma en los últimos siete años.
AN: Celestino, imaginamos que usted sabe que su actitud en la Terminal levantó una fortÃsima indignación popular, y que afuera hay permanentemente una manifestación que nunca baja de las 2.000 personas, pidiendo para usted la pena de muerte.
-Gñegn ñgunggung jsfgnf
AN: No se le entiende.
El agente, que se habÃa quedado vigilando a unos diez metros, se acerca, abre la celda, saca su arma de la cartuchera por las dudas, controla, quita la máscara, hace algo que no llegamos a ver, vuelve a poner todo en su lugar y sale. Mientras llavea el portón, maldice: "Los pelotudos del turno anterior, cuando renuevan el mate hacen la jodita ésa de tirar la yerba adentro de la boca del boludo éste".
Celestino mueve la lengua como un lagarto hastiado, buscando desprenderse de los últimos restos de hojas y palos, y entonces sà contesta.
-Me chupa un huevo lo que diga la gente. Nadie se pone en el lugar de uno cuando juega a esa porquerÃa, nadie vive lo que vive uno.
AN: ¿PodrÃa contar cómo fue?
-En los medios salió todo mal. Yo no estaba con mis hijos, estaba con mis viejos. Ando sin laburo, nunca pude hacer la universidad, me la rebusco como puedo. Entonces, les querÃa dar esa satisfacción, de verme ganador, qué se yo.
A Celestino se le atragantan las palabras, y muy a su pesar, tres lágrimas bajan de su ojo derecho como si jugaran una carrera, y allá van, mejilla abajo a toda velocidad. El guardia se aproxima nuevamente: "Cuidado, lo de las lágrimas podrÃa ser un truco". Se queda mirando cinco minutos, y se repliega.
 "Cuidadito con lo que hacés, pedazo de mierda", le advierte antes de hacernos una seña que indica que podemos continuar.
AN: DecÃa que fue con sus padres, ¿y después qué pasó?
-Nos acercamos a la máquina, la ficha salÃa dos pesos. Yo tenÃa seis. Me dice mi mamá: "Nene, vamos nomás, ya viste lo que pasó el otro dÃa". Se referÃa a que habÃamos ido a un supermercado donde tenÃan el mismo tipo de máquina, y yo me emperré con una ballenita que tenÃa la camiseta de Boca.
AN: ¿Y cómo le fue?
-Bien y mal. Mal en el sentido de que gasté los 20 pesos que yo tenÃa y los 670 de la jubilación de mamá. Pero bien en el sentido de que el tipo del negocio me dijo que me felicitaba porque se notaba que la ballena se habÃa pegado un súper cagazo porque nunca habÃan estado tan cerca de sacarla. "Le va a servir para no hacerse tan la agrandada", me dijo el tipo.
AN: Volviendo a lo de la terminal, ¿cómo fue ah�
-Bueno, como le dije, yo tenÃa para tres fichas nomás. La miré a mi vieja, y me dijo: "Nene, no cobré todavÃa, por eso venimos a cocido nomás". Cuando miro adentro de la máquina, me doy cuenta que una vaquita se me cagaba de risa, y que dos monitos con tamboril me miraban como diciendo "¡ca-gón, ca-gón, ca-gón!"
AN: ¿Su padre no decÃa nada?
-Papá siempre me apoyó, mucho más que mi vieja. Mamá me decÃa "vamos, nene, si estas máquinas son tramposas, a veces los muñecos están atados sin que se vea, para que nunca puedas sacar algo". Pero papá me decÃa: "No, Cele, metele bala, demostrales a estos reverendos hijos de puta lo que vale un Vidal Rojas".
AN: Obviamente, terminó comprando las fichas.
-SÃ, pero sobre todo porque cuando miro asÃ, faaaaaa, la vi: la misma ballena de mierda, sobrándome descaradamente. "Mirá, la misma que te rompió el culo el otro dÃa en el mercadito", me dijo papá. "Nene, dejala, no seas rencoroso", me decÃa mamá. Pobre, ella es un pan de Dios.
AN: ¿Cómo fue el intento?
-La ballena estaba bastante afuera del montón, como tentando, pero el problema era que tenÃa la cola un poco apretada por los monos, que no dejaban de forrearme. Pero miro a la derecha, y una foca me guiña un ojo, como diciéndome que no la estaban apretando tanto, que si lo hacÃa bien, podÃa sacarla. Entonces digo: si la agarro bien del medio, no de la parte de la cabeza, la saco. Pero tenÃa que ser todo rápido y preciso, esas máquinas te dan 20 segundos nomás antes de que la mano mecánica deje de funcionar.
AN: Imagino su nerviosismo.
-Más que nervioso, súper acelerado. TenÃa la adrenalina a mil. Cuando metà la ficha, mi viejo tiró un sapucai, mamá se puso la Virgencita de Massachussets en la boca y no dejaba de rezar. "Te voy a sacar, hija de puta", le grité a la trola, que me miró como con miedo. Se me hizo que era como el japonés aquel de la pelÃcula sobre Pearl Harbor, cuando después de hacer bolsa a los yanquis decÃa con temor: "Creo que hemos despertado a un león". Yo creo que asà se sintió la ballena.
AN: ¿Y qué pasó?
-Un imprevisto. Justo cuando meto la ficha y empieza a correr el tiempo, me entra a picar el orto como la gran siete. ParecÃa Nadal yo, pero no podÃa hacer nada, porque tenÃa que manejar el coso. No me pude concentrar, la agarré todo mal a la ballena chota y apenas la movÃ.
AN: Vino entonces la segunda ficha.
-SÃ. Papá se puso mal con el fallo. "Guacha de mierda, te vamos a reventar, ni bien salgas no sabés lo que te va a pasar", le decÃa. "Hay que saber perdonar, hay que poner la otra mejilla", decÃa mamá entre rezos, ya lloriqueando, pobre vieja, es muy floja. Puse la ficha, borré el mundo de mi cabeza, éramos sólo yo, la mano y la ballenita. El hombre contra la naturaleza, luchando por cambiar su destino, por transformar la realidad.
La agarré bien del medio, como querÃa, la empecé a levantar. ¡TenÃa que ver la cara de desesperada de la tipa! Y la boca abierta de los monos, la mirada de admiración de dos jirafas que se notaba que estaban recalientas conmigo.
AN: ¿¿Y la sacó??
-No, una vieja mierda que perdÃa un colectivo pasó corriendo, lo chocó a mi viejo y él se vino contra mÃ. Perdà el control de la mano, la ballena chocó contra el vidrio y cayó a cinco centÃmetros del hueco de salida. Cinco centÃmetros, ¿puede creer? Me querÃa morir. La guacha se me cagaba de risa, entre un caballito y un oso gay.
AN: ¿Gay?
-Esos ositos que llevan un corazoncito que dice "Te quiero". Yo respeto las formas de ser de todos, pero no sé, eso de andar encarando gente de una, me parece que no corresponde.
AN: Jugó su tercera ficha, evidentemente.
-Claro. Papá la habÃa agarrado de los pelos a la vieja, y mamá rezaba de rodillas, asà que yo me imaginé que con la gente que estaba alrededor mirando y tanto quilombo, la cana iba a caer en cualquier momento. Ensarté la ficha, miré fijamente a la ballena, no hice caso a los gestos groseros de los monos, y me mandé. La atrapé por la cintura, si cabe el término, y la llevé urgente al rincón del agujero de salida.
AN: ¡Entonces la sacó!
-En el microsegundo previo a dar el click al botón para soltar, ¡se corta la luz! La luz del aparato por lo menos. Yo no lo podÃa creer. La gente alrededor se comÃa las manos de la tensión.
AN: ¿Y la ballena?
-Quedó en la mano, colgando, entre la burla y el pavor, porque era consciente de que si volvÃa la energÃa, se iba a la recontramierda. Pero no volvÃa, y vi que en el otro extremo del andén asomó la cana, mirando hacia el lugar donde mi viejo le estaba dando cintazos a la boluda que nos empujó. Ahà me desesperé, y entré a patear y golpear la máquina, mientras los monos y un hipopótamo decÃan cosas de mi vieja. Partà el vidrio de un cabezazo, agarré la ballena del cuello o lo que sea, y ahà me cazaron los polis. Después ya no me acuerdo de nada, sólo de que gritaba, que la yuta me pegaba en las costillas, y la mirada triste de mi vieja, besando la virgencita.
AN: El caso es que ahora está en un gran lÃo. Lo acusan de otros crÃmenes pelucheriles.
-Es un invento, no tuve nada que ver con eso. A mà que no se me pongan ahora a tirarme osos encima.
AN: ¿Está arrepentido?
-Y sÃ, pero también tuve mis motivos. Me duele por mis viejos. Bah, por mi vieja, sobre todo. Viene acá y llora. Papá en cambio dice que está orgulloso.
AN: ¿Con la ballena qué pasó?
-No murió. Incluso, ayer me vino a ver, mi hermano mayor la compró y la trajo. Hablamos un rato largo. No sé, como que empezó a surgir una relación linda. Qué loco, ¿no?
El guardia avisa que el tiempo expiró. Nos alejamos, y a Celestino le apagan la luz. "Cuente mi historia, dÃgales que no soy un monstruo", pide a la distancia. Sus ojos brillan en la oscuridad, hasta que una ola de noche los tapa.
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Tardará, tardará.
Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...