La noticia de que un estudio cientÃfico descubrió que los años de vida de un hombre dependen del grado de educación de su esposa, cayó como una bomba neutrónica en la Casa de Gobierno del Chaco, donde los ministros viven un clima de duelo desde ayer y sollozan en silencio en sus despachos, mientras sostienen en sus manos y miran sin cesar el retrato de Jorge Hilton Capitanich.
"No estábamos preparados para saber algo asÃ, fue todo muy de golpe. La verdad es que estamos hechos mierda", confesó un integrante del elenco ministerial, quien ya fue notificado de que una vez que se produzca el desenlace, asumirá como gobernador el actual vice, Juaneff Carloff Bacileff Ivanoff. Esta ceremonia se harÃa el martes o miércoles de la semana que viene, inmediatamente después de la inhumación de los restos de Capitanich.
De acuerdo a lo que pudo averiguar Angaú Noticias, el primero en enterarse de la grave situación de salud del gobernador fue el subsecretario de Culto, José Mongeló, mientras jugaba una partida de truco on line en el portal Taringa. En el chat de ese sitio, un jugador comentó que el Instituto Sueco para la Investigación Social habÃa establecido una relación directa entre la longevidad de los hombres y el nivel de educación de sus mujeres.
Mongeló quedó tan afectado por el dato, que perdió su partido aunque tenÃa un siete de oros y el as de bastos. El ex diputado nacional cerró el juego, canceló la descarga del video de la obra teatral "Más pinas que las gallutas" y rastreó en Google qué habÃa de cierto sobre lo leÃdo minutos antes. El dirigente saenzpeñense quedó pálido al hallar numerosos enlaces que confirmaban la veracidad del comentario.
Sin saber qué hacer, Mongeló llamó a la secretaria general de la gobernación, Elda Pértile, y le soltó sin preámbulos: "¡En Suecia descubrieron que la duración de la vida de un hombre depende del grado de educación de su esposa!" Pértile tuvo una crisis de nervios, soltó el teléfono, fue corriendo hacia el despacho de Capitanich, lo abrazó llorando y se desvaneció.
El gobernador, sin lograr entender qué estaba sucediendo, buscó con sus secretarios hacer reaccionar a la diputada electa. Pértile recuperó el conocimiento, y volvió a romper en llanto. Entonces aparecieron en el despacho del mandatario, Mongeló y los ministros Aguilar, Judis, Baquero y Pedrini. "Coqui, tenemos algo que decirte", le avisaron al gobernador, con gestos sombrÃos.
Tras recibir impresiones de los distintos textos publicados en la web sobre el tema y leerlos, Capitanich quedó en silencio. Con las hojas aún en la mano se dirigió al ventanal que da hacia la Plaza 25 de Mayo, donde se quedó de pie, mirando los movimientos de personas y vehÃculos allá afuera. Los ministros lo observaban sin saber qué hacer, y sin pronunciar palabra.
Capitanich rompió el silencio recitando, con una sensación de infinito cansancio: "¿Quién cuidará de mi perro?¿Quién pagará mi entierro y una cruz de metal?¿Cuál de todos mis amores ha de comprar las flores para mi funeral?¿Quién vaciará mis bolsillos?¿Quién liquidará mis deudas?¿Quién pondrá fin a mi diario al caer la última hoja en mi calendario?¿Quién me hablará ente sollozos?¿Quién besará mis ojos para darles la luz?"
Judis, ingeniero al fin, lo cortó en seco diciéndole: "Y no sé, Coqui, después vemos. Son muchas cosas. De última, licitamos".
El señor gobernador de todos los chaqueños, todavÃa perdido en sus cavilaciones, no le prestó atención. "¿Cuánto tiempo me queda?", atinó a preguntar. Aguilar, como un buen alumno que gusta de mostrar que hizo las tareas, se adelantó a todos y leyendo apuntes hechos sobre un anotador, dijo: "Según los parámetros descubiertos por los suecos, y considerando lo que... ejem... lo que es Sandra... pues... te quedarÃan entre 72 y 96 horas de vida".
Aguilar, obnubilado por la perfección de su cálculo, se sonrió como esperando una felicitación, mientras Pedrini lo pateaba para marcarle lo impropio de su actitud. Entonces sÃ, todos se quedaron serios y callados, como esperando una definición de Capitanich.
En esos interminables segundos de denso silencio, lo único que se escuchaba era el sonido de una fotocopiadora en la secretarÃa privada, y las carcajadas y descorches de sidra que provenÃan del despacho de Ivanoff, al que algunos ministros del Superior Tribunal habÃan llegado con pizzas y empanadas compradas en el San José.
El gobernador se dejó caer en su sillón. Miró llamadas perdidas en su celular, y lo apagó. "No sé, en estos dÃas que quedan, quiero vivir cosas que nunca hice, cosas locas que fui postergando o que no valoré", dijo al fin.
Entonces prendió la TV, se aflojó la corbata, se quitó los zapatos, sintonizó el canal "PolÃtica & EconomÃa" (donde estaban entrevistando a MartÃn Redrado), puso el volumen casi al máximo, sacó de un cajón una bolsa de tutucas, y ordenó a su secretario que no le pasara ninguna llamada.
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Tardará, tardará.
Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...