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El día en que Remiul Ristanic descubrió que en la Tierra se puede hallar el Paraíso

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(Por Remiul Ristanic, lejos de Macedonia) - Días atrás, a raíz de una investigación periodística que me llevó a una remota región de Yemen, conocí la historia de Umar Faruk Abdulmutallab, “El Meón del Barrio”, un muchacho que no sabía jugar a la pelota y terminó intentando reventar un avión cerca de Detroit, en Estados Unidos.




Junto a mi intérprete habíamos planeado trasladarnos al valle del Rif en Marruecos, pero la excesiva burocracia del norte de África y nuestro desconocimiento palmario del idioma y de las bandas heavy de los ochenta (Riff), nos arrastró muy lejos de allí. Ésta es la crónica de mis vacaciones frustradas y de cómo detrás de cualquier montaña se puede hallar el paraíso.


Para usar un argentinismo oportuno, debo decir que mi intérprete “canchereó”. ¡Por Dios Santo, habla persa y español! Lo último que hubiera pensado es que no conocía el árabe, la lengua oficial de Marruecos, o que era incapaz de pedir un café en dialecto berebere antiguo. Ahora, a su adicción al tereré y al extraño capricho de querer hospedarse en las habitaciones presidenciales de los hoteles internacionales, debía sumar su falta de solvencia para comunicarse con otros musulmanes.


Estábamos en Casablanca, la ciudad más grande del país. Mi intérprete (el lector entenderá que no mencione su nombre, francamente impronunciable y demasiado extenso como para citarlo en una crónica) había descubierto que “me podía” cuando se calzaba el maldito chaleco explosivo y amenazaba con volar los lobbys de los hoteles repletos de turistas. Era como un niño malcriado.


Por suerte esa conducta, en algunos sitios considerada inapropiada, mereció la aquiescencia de unos simpáticos iraníes que, a cambio de un par de boletos de avión a “un lugar precioso”, nos mangaron un pase diplomático para ingresar a la embajada de Estados Unidos. “Queremos saber si usan bidet”, nos juraron entre risas mientras ajustaban sus cronómetros.


Un rápido telefonema a mi amigo Alí “Dos Dedos” Jihad, corresponsal de AN en El Cairo, y todo estuvo resuelto. Dos horas más tarde los iraníes pedían discretamente un taxi hacia la embajada, y nosotros atravesábamos el cielo de Mauritania en un Antonov AN22 rumbo a un destino incierto.


Desde nuestra altura de crucero de 4.265 pies el Sahara parecía un arenero. O al menos eso afirmó mi intérprete, que tras insistir en hacernos aterrizar para jugar un rato en la hamaca (con el conocido artificio de su chaleco explosivo) fue arrojado al vacío por dos tripulantes que, claramente, lo conocían de una temporada en Afganistán. La bola de fuego que creó mi amigo, a modo de despedida mientras su magro cuerpecito caía hacia los profundos médanos, apenas hizo zozobrar al inmenso carguero.


Entonces nos desviamos hacia Burkina Faso. Recuerdo que pensé: “Si mi intérprete estuviera aquí habría querido conocer a los burkineses descendientes de los dogones”. En apenas treinta minutos estábamos en el espacio aéreo de Togo, sobre la costa del Golfo de Guinea. Fue cuando mis acompañantes soviéticos se miraron entre ellos y en perfecto español me dijeron: “es acá”.


Aparentemente el pasaje no incluía aterrizar; ni siquiera descender por debajo del nivel de las nubes. Eso sí, me facilitaron una colchoneta para que el impacto fuera más ameno. “Si hago así con los brazos, como si fueran alitas”, me animé mientras caía, “tal vez acuatice cerca de la playa”. Nada más lejos de la realidad.


Tras interminables minutos de caída libre, fui a dar con todo y colchoneta a la cima del monte Agou, de casi mil metros de altura, y bajé por la ladera occidental como un “snowboarder” arrastrando a mi paso comunidades enteras de gorilas de espalda plateada y forzando a la extinción a los últimos cinco exponentes de la misteriosa variedad de elefantes miniatura de Agou, unos frágiles paquidermos del tamaño de un carpincho, pero con trompa.


La colchoneta se detuvo al borde de un acantilado, contra la robusta corteza de un majestuoso “kapokier” en cuya copa se aferraba a la vida un puñado de “kapos”, únicos indios rubios del mundo que se caracterizan por trasladarse entre las ramas más altas con la ayuda de sus colas prensiles. Aún tuve que esperar unos minutos hasta que el alud que había ocasionado cubrió el profundo valle subtropical.


Cuando el polvo se disipó y los gritos de las bestias moribundas se acallaron, pude ver el más asombroso espectáculo natural con el que me haya topado en mi vida, con excepción, quizás, del inquietante y profuso manto vegetal que cubre la estepa de Presidencia Roque Sáenz Peña: aparte de los árboles y los animales agonizantes, los labradores del valle me puteaban en todos los idiomas conocidos, detalle no menor si se tiene en cuenta que los naturales del lugar son mudos.


Apenas unos cientos de kilómetros a través de las montañas selváticas de Foret d’Assime me separaban del lago Volta, en Ghana, y les aseguro que los caminé con ganas (lo siento, es una chuscada que me enseñaron los graciosos habitantes de Amékoussikopé mientras me disparaban dardos envenenados a los tobillos). Fue allí, en un paraje perdido en la tórrida y húmeda jungla de Kepte Bena, donde encontré el paraíso. No, mis amigos, no exagero.


Este humilde corresponsal, cuyo trabajo en todos los frentes de guerra a los que lo enviaron sin viáticos los a veces inescrupulosos directivos de AN fue cuanto menos discreto (o sea, su trabajo –el mío– fue discreto; no él –o sea yo– sino su –o sea mi– trabajo); este corresponsal, decía, se vio súbitamente invadido por el aturdimiento y, por primera vez en su vida, sintió ganas de mear mientras pendía, aferrado con sus meñiques, de una inhóspita pared desnuda a 600 metros sobre el nivel del suelo.


En ese instante de conmoción inexplicable me dije, con la voz cascada: “llevo en mis oídos la más maravillosa música”, y enseguida noté que, en efecto, una melodía narcótica llegaba como un oleaje desde una cueva escamoteada tras un imponente salto de agua del que me separaban escasos metros: eran tambores, bombos, redoblantes y matracas. Otra vez me sentía como en casa.


No abundaré en detalles acerca de los habitantes de la cueva, pero un solo dato será suficiente para que entiendan mi asombro: eran azules. Sí, como lo oyen, azules. Tenían, igual que los indios “kapos” del árbol, largas colas prensiles, y los adultos medían, diría yo, unos cuatro metros de alto. Flacos y altos.


No sé si era más exótica la apariencia de los nativos o la evolución imposible de su fauna y su flora. Qué les puedo decir que no hayan visto en el cine: me enamoré de una chica de la tribu usando el viejo truco de mover telepáticamente un clon sintético que en nada desentonaba con los más apuestos exponentes del clan, y después incluso conduje una revuelta popular para liberar a los bellísimos N’avi, tal su nombre, de las garras del imperialismo francés que intentaba apropiarse de su principal recurso natural, el marfil de las guampas del elefante miniatura de Agou.


Fue una experiencia sobrecogedora. Es más, fue una experiencia 3-D. Nada que objetar al Holding AN, que me permitió disponer libremente de la cuenta que posee en Andorra, el paraíso fiscal que me quedaba más cerca. Lo demás es historia, la historia de mi regreso a casa. Lo dejo para otro día.

 

 

 

 

 

 

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Actualizado ( Lunes, 25 de Enero de 2010 04:56 )  

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