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La captura y exterminio del pez poronga en Villa Angela redujo notablemente el turismo femenino hacia esa localidad

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La captura del asombroso "pez poronga" en Villa Angela y su posterior exterminio a manos de un grupo de niños ignorantes, provocó una drástica caída del flujo de turistas hacia esa localidad del interior chaqueño, y particularmente de la llegada de mujeres procedentes de otros puntos del país.



"Es una desgracia, yo al hotelito lo tenía lleno todo el año, salvo en Semana Santa. Ahora me quedé sin huéspedes y me cancelaron todas las reservas que tenía de acá hasta noviembre", comentó a AN el propietario de "Jolideis Risor", un hotel de una estrella situado justo enfrente de la represa en la que vivía el pez poronga.

El formidable animal fue atrapado la semana pasada por unas criaturas que boludeaban en el lugar con precarias cañas. Aunque su mayor ambición era capturar algún bagre y pasar el rato, terminaron por sacar del agua nada menos que al pez que se había convertido en una leyenda regional de alto impacto. Por temor a ser atacados por la bestia, cometieron el terrible error de matarla.

"Cuando escuché la noticia en la radio, me quería morir. Fue como si de repente... no sé... Como si la vida terminara para mí. Yo siempre esperaba el verano como la etapa más feliz del año, el justificativo para ir empujando la vida hasta el próximo mes, y luego hasta el otro. Ahora, nada queda. Esos pendejos de mierda mataron todos mis horizontes", dice, sentada en su living, Eugenia Benita, una mujer de 57 años que desde hace veinte, cuando enviudó, vive sola en Villa Angela.

Eugenia tiene un vaso de limonada fría que transpira en su mano. La casa huele a humedad rancia, y la raquítica potencia del foco de un velador baña de tristeza el aire. Acaba de anochecer, y ella viene de darse un baño de seis horas en la represa. "Era él nomás, es cierto, lo mataron. En el agua ya no está", nos confirma.

"Era un ser maravilloso", rememora Eugenia, con una sonrisa que ahora transmite una paz casi religiosa. Parece no escuchar nuestras preguntas, y simplemente habla de lo que quiere. "Yo nunca conocí a alguien así. El finado no le llegaba ni a los talones", dice, y da una lenta y larga pitada a su tabaco negro, que por unos segundos le enrojece la mirada.

 

Una comunidad impactada


El intendente local, Domingo Peppo, nos recibe en su despacho con gestos que denotan malestar. Se pone peor cuando, para preparar el diálogo, le hablamos de la charla con Eugenia y otras vecinas del pueblo. "Son fabulaciones, se agrandan las cosas. ¡Era un simple pez, un simple pez, un simple pez!!!", grita golpeando con el puño el escritorio, donde los bolígrafos que estaban dentro de una lata pintada saltan y caen en picada.

Los niños pescadores, preventivamente, fueron llevados a Sáenz Peña, junto con sus padres. A las casas de dos de ellos habían llegado hordas de mujeres que exigían un castigo ejemplarizador y apedrearon las viviendas. De un día para el otro, las tranquilas paredes villaangelenses aparecieron repletas de graffitis: "Jamás te olvidaremos", "Fuiste lo mejor que me pasó", "Gracias por hacerme mujer", "No te diré adiós, sólo hasta luego", y otros por el estilo.

En torno a la represa, a cualquier hora del día se ven mujeres de todas las edades mirando absortas el espejo de agua, a veces arrojando flores. De tanto en tanto, se palmean entre sí, alentándose, pero sin decir palabra. También vemos a un hombre entre ellas. "Mi peluquero", nos acota Eugenia, que nos acompaña en la recorrida.

Un integrante de la Cámara de Comercio nos confirma que el turismo femenino se detuvo instantáneamente y por completo, como si todo el resto del mundo hubiera desaparecido con una catástrofe nuclear desencadenada al minuto siguiente de la muerte del pez. Antes, las legiones de extranjeras ingresaban por decenas a la represa, se quedaban quietas con el agua moviéndose en sus pechos, y así permanecían por minutos o por horas, lo que hiciera falta, hasta que, de pronto, comenzaban a respirar agitadas y un creciente temblor finalizaba con un longilíneo grito azucarado lanzado al cielo.

En los supermercados, en el comedor de Unión Progresista, en los quioscos, se habla poco y en voz baja. Los hombres, cuando les preguntamos por el asunto, se miran entre sí y contestan vaguedades, a veces vaguedades agresivas. "Que se pudra el hijo de puta", dice Leandro, un veterano carpintero que, según se afirma, perdió irremediablemente a su esposa cuando ambos llegaron desde Las Toscas para radicarse en Villa Angela, y ella tuvo deseos de sacudirse el calor en las aguas más famosas del pueblo.

Nos sentimos intrusos pisoteando un ambiguo dolor ajeno, y entonces decidimos volver a Resistencia. En el camino, vemos a Eugenia en una de las esquinas en que paran los colectivos que van al sur. La saludamos desde el coche, pero parece no vernos, y se queda ahí parada, pálida y rodeada de tres valijones.

 

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Actualizado ( Lunes, 22 de Febrero de 2010 03:15 )  

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