En 2001, en Hermoso Campo, Celia Torres denunció en la comisaría local la desaparición de “Chito”, su hijo. Lo que encontraron más tarde fue espeluznante, y el modo en que se procedió a lo largo de 9 años en una causa que estuvo a punto de prescribir tiene ribetes insólitos. Hay tres agentes policiales imputados, dos testigos cruciales muertos y una sospecha creciente que se cierne sobre el poder político de la localidad.
Cuando hizo la denuncia en 2001, a Celia le dijeron que “Chito” iba a aparecer en cualquier momento. La observación tenía que ver con que el muchacho, que entonces tenía 29 años, era alcohólico. “Debe andar por Gancedo, de farra”, bromearon, pero “Chito”, cuyo verdadero nombre era Carlos Alberto Torres, no apareció. Alrededor de un año y medio después la fueron a buscar: habían encontrado un cadáver en un monte a 2 kilómetros del pueblo y se tenía que hacer un examen de ADN para determinar si se trataba de su hijo.
En verdad el cuerpo databa de la misma época en que Celia había hecho la denuncia, pero lo habían enterrado inmediatamente, como “NN”, en el cementerio municipal, y un año y medio después lo habían vuelto a exhumar a instancias del fiscal de Investigación Nº1, Eduardo Álvarez.
Para Álvarez había evidencia suficiente para no archivar la causa. El lugar del hallazgo en sí mismo no era sospechoso, pero si se tomaban en cuenta los exiguos restos hallados y las condiciones en que estaban, entonces cada detalle era importante para armar el rompecabezas de una muerte que, en el mejor de los casos, no había sido “natural”.
Los agentes que levantaron el cuerpo, hoy imputados, habían encontrado las costillas, la cadera, el cráneo, una tibia quebrada en “pico de flauta”, algo de cuero cabelludo y los vestigios de la ropa que el difunto había usado el día de su muerte. Ni estaban las vísceras ni el resto del esqueleto.
El examen forense que se le practicó al “NN” en el momento del hallazgo había revelado que la tibia fracturada era de un hombre que había sufrido traumatismos violentos en vida, y que la muerte se había producido por un shock hipobolémico, o sea por desangramiento. Además había un cráneo al que le faltaban las piezas dentarias. (Aunque el acta no lo menciona, por dichos de personas que a la postre se negaron a declarar y por la filmación que habían hecho los propios agentes al descubrir los restos, más tarde crecería la sospecha de que el cráneo “original” tenía los dientes y un agujero de bala).
Para la querella, entonces, la primera inconsistencia del caso no sugería negligencia sino encubrimiento.
Convencido de que era el cuerpo de “Chito” y a falta de los dientes para realizar un estudio odontoestomatológico de ADN, el fiscal buscó otras pruebas. Había restos de ropa que posteriormente la madre reconocería como de su hijo, una llave que, como se demostró, abría la puerta de la casa en la que ambos vivían, y lo más importante, su documento de identidad. El juez entendió que los elementos eran insuficientes y exigió la realización de un examen genético con las muestras de cabello que habían quedado entre la ropa. Las similitudes entre el ADN de los restos y el de la madre de “Chito” fueron del 99,99%.
Por la muerte “no natural”, el fiscal impidió que la causa se archivara, pero durante los siguientes 7 años no se avanzó demasiado. A principios de 2008 y después de un tiempo en que la parte querellante se había quedado sin patrocinio, Celia contrató a un nuevo abogado, el Dr. Cristian Reynoso, que siguió con las indagatorias, presentación de pruebas y testimonios. De nuevo, como apunta Reynoso, la intervención del titular de la fiscalía de Investigación Nº1 fue decisiva, porque “los únicos avances hasta entonces los había hecho él”.
¿Cómo murió Chito?
De la muerte de “Chito” hubo dos testigos presenciales que caminaban con él en la madrugada de Hermoso Campo. Había bebido. Uno de ellos dijo que “Chito” iba cerca de la calzada cuando súbitamente fue atropellado por una camioneta y su ocupante (según dichos una mujer joven) se dio a la fuga.
Sin saber qué hacer, los amigos se alejaron del lugar en distintas direcciones. Uno vio llegar a tres agentes de la Policía local en una camioneta. Los conocía. Según su testimonio cargaron a “Chito” en la caja del vehículo y se marcharon. El otro había caminado más de una cuadra y también los vio pasar, minutos después, en dirección a los límites del casco urbano.
Según esa hipótesis, que tiene verosimilitud para la querella, los agentes habrían recibido directa o indirectamente el pedido de ayuda de la persona que atropelló a “Chito”, y al llegar al lugar y notar que agonizaba lo habrían trasladado a las afueras del pueblo para ejecutarlo, sin contar con la presencia de al menos dos testigos. “Al menos”, porque habría un testigo más.
Embarrar la cancha con sangre
Si la muerte de “Chito” encierra un ejercicio extremo de violencia (más allá de los testimonios no hay que olvidar el estado de sus restos), el camino hacia su esclarecimiento está poblado de obstáculos deletéreos. Como en una novela policial del siglo XIX, también los dos testigos directos de la última noche de “Chito” murieron. Los dos a finales de 2008 y los dos en circunstancias atroces.
Uno, en Gancedo, apareció colgado de una soga: un médico determinó que el deceso se había producido como consecuencia del ahorcamiento aunque el cadáver nunca fue peritado por forenses. El abogado Reynoso advierte que las señales del cuerpo que más tarde fue trasladado a Charata no se condicen con la causa que figura en el certificado de defunción. “¿Alguna vez vio a un ahorcado?”, pregunta. Y aclara, de paso, que “aparentemente el cuerpo que colgaba de la soga tenía los pies apoyados en el piso”.
A pesar de las irregularidades y del hecho de que no se hallaran indicios típicos de muerte voluntaria, tales como una nota, la causa, que la jueza de Instrucción y Garantías de la localidad de Charata, Dra. Sánchez, se negó a vincular con la de “Chito”, fue caratulada como “Supuesto suicidio”.
Poco después, en un confuso episodio que involucró al propietario de un bar de Hermoso Campo, el otro testigo directo de la última noche de “Chito” fue apuñalado en la garganta en una supuesta riña. En uno y otro caso faltaban pocos días para que ampliaran sus declaraciones en el juzgado.
Todos hablan de encubrimiento
Reynoso admite haber oído a lo largo de los últimos años infinidad de teorías acerca de lo que ocurrió aquella madrugada de 2001, pero sabe que todo se reduce a los testimonios iniciales según los cuales “Chito” había sido arrollado por una camioneta Toyota Hilux que pertenecía al intendente de la localidad, Oscar Pedro Anríquez. Aunque no hay certezas sobre quién la conducía, se ha intentado probar que el vehículo del mandatario efectivamente estuvo involucrado en un siniestro cuya ocurrencia coincide con la de la desaparición de “Chito”.
Uno de los testigos más importantes, empleado en un taller de chapa y pintura del pueblo, relató que él mismo reparó el paragolpes delantero del vehículo. El trabajo, por el que le pagaron “80 quebrachos”, lo cobró en el propio Palacio Municipal del pueblo, al día siguiente.
El abogado apunta que la querella se centra en determinar la autoría material del crimen, que tiene como imputados a tres agentes de la Comisaría de Hermoso Campo, pero que a lo largo de la causa aparecieron testimonios conexos, como el que señala que los entonces Jefe y Vicejefe de la Policía de la Provincia “estuvieron investigando la muerte de Chito a poco de que se produjera su desaparición”, según testimonios aportados a la causa.
Cerca del juicio oral
Si bien la causa transita la recta final de la etapa de instrucción, Reynoso advierte que todavía hay testigos para llamar, algunos muy importantes. En el caso de las ex autoridades de la Policía del Chaco, “sus declaraciones podrían abrir líneas de investigación relacionadas con el encubrimiento de la muerte de Chito, que apuntan directamente al poder político de Hermoso Campo”.
Pero la carátula actual del pleito, “Abandono de persona agravado por la muerte”, no convence al letrado: “con las circunstancias macabras que rodean el caso, considerar que la víctima fue abandonada en un monte a kilómetros de donde se produjo el deceso es por lo menos preocupante. Pero más grave es que los imputados estén en libertad y sigan trabajando en la Policía, sobre todo después de la muerte de dos testigos. Es más: custodian el casino que está a una cuadra de la casa de la madre de Chito”.
Cristian Muriel
(Publicado en DiarioChaco.com)
.








El 3 de julio de 1943 un entusiasta y pionero grupo de cultores de la radiofonía decidieron organizarse en Buenos Aires y fundaron la Sociedad Argentina...
Bariloche. Tres pibes en una esquina cualquiera de un barrio obrero. Varios policías deciden “identificarlos” (es decir, detenerlos por averiguación...
