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Un amplio anecdotario cosechado por AN confirma el perfil cinematográfico del cabo Olivello

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A medida que transcurren los días desde que el cabo Hugo Gustavo Olivello detuviera valientemente al fototerrorista periodístico Gustavo Torres, se van conociendo más detalles de la vida del audaz guardián del orden, que confirman su cinematográfica dedicación al duro oficio de lograr que el Bien triunfe sobre el Mal.


AN contactó a camaradas de Olivello, amigos, familiares e incluso delincuentes arrepentidos (que ahora reconocen que el cabo sólo buscaba que un día fueran hombres de bien), y pudo reconstruir algunos episodios que pintan de cuerpo entero al Chuck Norris de la Policía del Chaco.

A continuación, algunas de esas pequeñas historias de un gran hombre.


Asalto y persecución

En mayo de 1997, un grupo comando de sujetos que llevaban máscaras de Ronald Reagan y Jimmy Carter, asalta el Banco Hipotecario. El hecho no tuvo mayor difusión ya que ese día Angel Rozas leía el cronograma salarial del mes, y todos los medios cubrían ese acto. Olivello, que estaba en la Plaza 25 de Mayo rescatando a un niño colgado de un árbol, baja la criatura, la entrega a su madre, le da a ésta 5 pesos para el colectivo, golpea a un joven para quitarle su ciclomotor y luego persigue a la banda, que va a bordo de un Jaguar negro.

Los alcanza a la altura de 9 de Julio y Calle 14. El cabo sólo tenía encima un rifle de aire comprimido, que había llevado a reparar para un sobrino, y los delincuentes portaban armas pesadas de fabricación soviética. Se produce un intenso tiroteo, hasta que, amedrentados por el coraje de Olivello, los asaltantes huyen.

Injustamente, el único dato que quedó registrado de todo eso, fue el golpe al dueño del ciclomotor, quien niega que se haya producido el asalto del relato. También lo negaron las autoridades del Banco Hipotecario. Evidentemente, una conspiración para ensuciar el legajo del cabo.


Malditos traficantes


En noviembre de 2000, Olivello investiga y descubre una red de traficantes de órganos que opera desde el Barrio San Cayetano para compradores de Noruega, Israel, Nueva Zelanda y Austria. El cabo ingresa por la noche a la vivienda de los criminales, y verifica que el patio está repleto de órganos y también de guitarras eléctricas.

Un perro doberman que custodiaba el lugar se abalanza sobre el suboficial, que se defiende con una cucharita de plástico que le había quedado de recuerdo de un paso previo por la heladería Polo Sur. Los gruñidos del animal (y también los ladridos del perro) alertan a los delincuentes, que salen de la casa con reflectores y disparan a mansalva.

Olivello salta a una casa vecina, rompe la puerta de una patada y se refugia allí mientras espera refuerzos. Los traficantes logran fugarse y borrar todas las huellas de su accionar, pero nunca más operan en la zona.

Lamentablemente, el único registro del caso fue la rotura de la puerta de los vecinos, que denuncian a Olivello.


El asesino serial

El cabo, visitando a un familiar internado en el Hospital Perrando, descubre que existe en Resistencia un asesino serial que actúa con notable perfección: mata a sus víctimas sin dejar rastros de violencia alguna, sin aplicar químicos ni venenos, y sin someterlas a asfixia.

Olivello entrevista a su superior, y le cuenta: "La morgue del hospital está repleta de cuerpos de personas que supuestamente murieron por paros cardíacos, cirrosis, accidentes de tránsito, derrames, excesos empomatorios, y otras causas que figuran en sus historias clínicas. Pero descubrí que la mayoría vivía en un radio de 700 kilómetros a la redonda. ¿No es raro? Evidentemente, hay un asesino".

El comisario intentó convencer a Olivello de que era normal que mucha gente muriera cada semana en una provincia que ya tenía casi un millón de habitantes, pero el cabo lo frena con una observación brillante: "Si tantos mueren 'naturalmente', ¿por qué entonces los demás viven?", preguntó. Ante el silencio de su jefe, completó: "Además, hay un patrón común en los muertos, casi todos recibieron, cuando niños, la vacuna Sabin".

Olivello, durante años, buscó al asesino. Las muertes se iban sumando. El misterio parecía insoluble. Pero su tenacidad pudo más, y poco a poco, sobre la pizarra que tenía en su habitación, fue armando el rompecabezas. Así, llegó a determinar que evidentemente el criminal vivía en el Chaco, en algún lugar entre Toco Pozo y Barranqueras, que tenía entre 7 y 85 años de edad, altura no mayor a los 2 metros 30, probablemente delgado o gordo, y coleccionaba calzado (en la morgue, las víctimas estaban descalzas).

Cuando ya creía tener acorralado al bestial autor de los crímenes, fue sacado de la Comisaría Décima y trasladado al sistema de vigilancia motorizada en el que luego protagonizaría el incidente con el fotógrafo de El Diario. Como él suele decir él a sus compañeros: "¿Demasiada casualidad, no?"


Artículo relacionado: El viejo truco de internar al héroe en el manicomio




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Actualizado ( Miércoles, 28 de Abril de 2010 09:25 )  

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