Cerca de las 12 de la noche del martes entré a la Comisaría Segunda por una puerta roñosa, de vidrios cuadriculados, opacos por la mugre acumulada.
Me atendieron dos canas parados a cada lado de un mostrador viejo. Les expliqué por qué estaba ahí y me hicieron pasar a una pieza espantosa, donde Rubén, me tomó declaración.
Desde la ventana – marco azul celeste y vidrios espejados- la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona del Chaco, miraba hacia el este desde ese afiche viejo. La escoltaban un aire acondicionado marca Marshall (parece inevitable contagiarse del estilo “local” para detallar objetos) y una caja fuerte incrustada – sin revocar- en esa pared de un verde agua abominable y el clásico machimbre de seccional a metro y medio del suelo.
Rubén ofreció la única silla disponible y se quedó parado mientras sus compañeros le traían una de plástico, que alguna vez supo ser blanca. El bollo de papel que no llegó al tacho repleto, bajo la mesa que daba a su espalda, me llamó la atención. Cerca, un chaleco antibalas descuajeringado acumulaba tierra igual que un casco que de blanco ya tenía poco.
Cuando entraron con la silla de Rubén, me dí vuelta y miré el espejo, que colgaba, notablemente torcido, con un pedazo faltante en el win inferior derecho. Queda claro que las comisarías no son terreno de Feng shui.
Empecé a rumiar mis datos personales mientras leía “Rubén Mario Jáuregui” en la identificación del bolsillo izquierdo de la camisa raída del canita. El chico, de unos veintiocho, tipeaba, lento. Mirando la uña mocha del dedo con que maniobraba el mouse pensaba si el pobre no había sido condenado a ese destino en el mismo instante en que decidieron nombrarlo así.
-¿Cómo fue el hecho señora?- me preguntó, modulando apenas.
Le dije que a eso de las diez y cuarto de esa noche había salido del cine, con mi hija y que caminaba, despreocupada, cuando sentí el tirón en el hombro. Que me asusté mucho y no me resistí, que alargué el brazo para que el chico no tuviera obstáculos para sacar la cartera, antes de que saliera corriendo.
- ¿Y hacia dónde fue?
-No sé, qué sé yo. No lo miré más. Me di vuelta, agarré a mi hija y caminé hacia delante.
Rubén escribía y yo me preguntaba cómo sería el cuento en su jerga.
Un rato antes había ido al comando radioeléctrico para buscar mi cartera (me lo informó Alicia, el primer contacto con “A” que encontraron en mi celular para avisarle). Cuando llegué me dijeron que habían agarrado al chico que me sustrajo el bolso y que le pondrían una capucha para que yo lo mirara y lo reconociera.
-No, por favor. Le pido que no me ponga en esa situación
-Está bien, si es la cartera de la señora, con eso ya se sabe que es él- dijo un flaquito, que se me ocurrió debía haber enfocado con mayor atención alguna clase especial de la Escuela de Policía.
Me llevaron a un estacionamiento en el que, desde la caja de una camioneta, sobresalían parte de unas pantorrillas y las suelas del ladrón. Estaba tirado en el piso del móvil, boca abajo, seguramente esposado, con las piernas dobladas a la altura de las rodillas y las enormes zapatillas apuntándome.
Mi cartera estaba sucia, llena de tierra. Metí la mano y saqué una billetera flaca, unos cigarrillos y un encendedor que no eran míos. Mis pocos pesos, los dos viejos celulares, una crema de manos, una tableta de analgésicos y algunas monedas estaban ahí, patéticas. Quise salir rápido. Todavía tenía que denunciar en la comisaría; y la cartera ya no importaba.
Después de preguntarme si el chico me había hecho daño, Rubén me pidió que identificara al muchacho. Siempre supe que en una situación así nunca podría describir ni la escena ni a los protagonistas del crimen. Además de miope siempre fui distraída, y que fuera de noche ayudaba poco. El susto empañó toda observación y sólo recordé los cuadraditos de la camisa que ajustaba el torso de ese chico que hacía una fuerza opuesta a la mía.
En ese tramo estábamos con Rubén cuando sentí que entraba gente. Me dí vuelta y miré a un oficial que cerraba las puertas. Detrás suyo otros tres escoltaban a la camisa a cuadros, que cubría a un chico de no más de 17 con pantalón pescador, pelo teñido con claritos y gesto asustado.
El único artefacto más o menos moderno en esa pieza horrible, escupió el papel impreso con la denuncia. Nunca se me había ocurrido que un rato antes había estado caminando “por la vereda de Av. Ávalos sentido descendente”. Era la pluma de Rubén, que también consignaba que “… ante tal situación, la compareciente se dio vuelta y pudo observar que era una persona de sexo masculino (…) por lo que la dicente por temor a su integridad física y la de su hija no se resistió y le entrego su cartera de cuero color negro…”.
Ya era miércoles cuando, después de firmar, leí “2009 - Año de la Inclusión Social y el Desarrollo Humano”.
La cartera, sucia, está tirada en el comedor de mi casa.
M.T.D.
Nota de Redacción: El nombre verdadero del policía que redactó la denuncia fue modificado, por no ser relevante para la historia y para evitarle eventuales inconvenientes a la autora del texto.
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Tardará, tardará.
Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...