"¡Pelotudo"; "¡Vení mirá si también te gusta Pirulo!" ó "¡A mí me gusta tu rabo!" son algunas de las frases que Ignacio Liborde debe soportar como una lluvia pertinaz cada vez que sale a la calle. Al principio las escuchaba con cierto placer, porque eran una prueba irrebatible de su fama repentina. Ahora las oye con los nervios destrozados y las manos temblorosas apretadas contra el pecho, como si fuera una ardilla pidiendo clemencia.
"Es un poco como que me cagué la vida; una y otra vez repaso el instante en que dije que sí y me quiero cortar la lengua al recordarlo", dice Ignacio. Tiene 37 años, y contra lo que muchos piensan, no es un actor, aunque fue uno de los personajes que aparecieron en la brillante publicidad televisiva "A mí me gusta Gustavo", ideada por la agencia Gaby, Fofó & Miliki para la frustrada candidatura a intendente de Resistencia de Gustavo Martín Tín Martínez.
Ignacio participó mostrándose como lo que es: un almacenero de barrio. Su escena se filmó en su propio negocio, situado en el Barrio Paykín. Su fama nació con los cuatro segundos en que le entrega una bolsa de mercaderías a un cliente y le dice la maravillosa frase que ayudó a que el 65% de los electores no votara por Martínez.
Lamentable
"Evidentemente no tenemos un pueblo maduro", dice Ramón, el padre de Ignacio, apoyado en parte sobre un elegante bastón de madera y en parte contra el marco de la puerta que separa al almacén de la vivienda en que viven Ignacio y su familia junto a los padres del joven. "Nacho tenía todo el derecho de quedar como un reverendo pelotudo. ¿Por qué entonces la gente le grita de todo?", protesta el anciano.
Nelly, la madre del almacenero, también da su opinión, mientras se seca las manos con un repasador. De la casa llega un movilizador olor a sopa. "Yo le dije al nene que iba a quedar como el rey de los boludos, pero él me salió con lo de siempre: que yo soy de otra época, que era su oportunidad, que a lo mejor con esto lo llamaba Adrián Suar, etcétera y etcétera. Lo que sí, me duele que lo traten así, porque yo vi las noches que él se pasó sin dormir ensayando la frase, la forma de dar la bolsa, todo. Incluso él quería agregar un monólogo sobre un texto de Roberto Arlt, pero le dijeron que no".
La charla se interrumpe por unos minutos porque una señora con su hijito entran al negocio. Piden medio de cremoso y medio de dulce de batata con chocolate. "Midá mamá, el pedodudo del televisod", dice la criatura, maravillada como si viera a un personaje de Harry Potter. "¡Ay sí!¿Me lo decís?", pide la mujer con un mohín. Ignacio nos mira y sonríe. "A mí me gusta Gustavo", dice al entregar el pedido. Madre y pequeñuelo ríen de buena gana. "Bien, Nacho", lo aprueba el padre apretándole la mano sobre el hombro. "Tenés que ponerle más fuerza, muy flojito lo decís", contradice la madre. "¡Dejá de frustrarlo, carajo!", se exalta Ramón.
"El tema -se mete Ignacio como para frenar y tapar la pelea- es que yo ahora necesito que el gobierno me dé una nueva identidad y me banquen una casa y el colegio de los chicos durante un tiempo en otro lugar hasta que yo pueda afianzarme y sostenerme solo. Acá no puedo seguir más. A mi nene más grande lo cagaron a patadas en el colegio, porque él quiso salir a defenderme de cosas que decían".
"Una cuestión que hay que tener en cuenta -dijo a AN el abogado Juan Alberto Pertinero, que asiste ahora a Liborde- es que a este muchacho nadie le fue de frente. Le tendrían que haber dicho que iba a quedar como un pajero toda la vida. No es el único caso. Al muchacho que en el final de la tanda la mujer le dice 'a mí me gusta Gustavo', y él se asusta, le rompen cosas del auto todos los días y le pintaron barbaridades en el frente de la casa. A otro, que aparece diciendo la frase en una reunión de trabajo, cuando camina por el centro le pegan y le escupen, o le tocan el culo y salen a correr".
"Encima lo de Suar parece que no va a salir. O capaz que llamó y no sabe el celular del nene", comenta Nelly. "Es 1588-7474", acota rápidamente Ignacio.
Ampliaremos.
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