Angau Noticias

Martes
07 de Febrero
Tamaño Texto
  • Aumentar fuente
  • Tamaño original
  • Reducir fuente
Inicio >> Varieté >> Las series televisivas de allá ité - Volumen II

Las series televisivas de allá ité - Volumen II

E-mail Imprimir PDF
En una superproducción de meses atrás, hicimos un primer inventario de las series televisivas que mirábamos en los '70 y los '80, que en algunos casos eran en realidad productos de la TV yanqui de los '60, pero que aquí llegaban con décadas de atraso porque no había globalización, ni internet, ni celular, ni más universo que las diez cuadras a la redonda de la casa de uno.
Hoy hacemos una segunda entrega -coleccionable- de aquel artículo, sumando a series y programas que no fueron incluidos en la primera nota y que, lo prometemos, tampoco estarán en la tercera.

El auto fantástico: El auto era una cupé que con dos detalles ya lograba su condición de fantástica: era negra y sobre el capó tenía una lucecita roja ¡que iba y venía, de izquierda a derecha, y viceversaaaa! Fue el lanzamiento a la fama de David Haselhoff (o como se escriba), que era el dueño de la máquina, con la que además conversaba y probablemente haya tenido una tórrida aventura sexual (esto último sólo lo suponemos, a la distancia y ya sin la inocencia de aquellos años).

Como en otras series de su tipo, por ejemplo BJ (el camionero que andaba con un mono por todos lados), el atractivo no confesado que todos le encontrábamos a "El auto fantástico" eran los tremendos pedazos de yeguas que aparecían en cada historia de un nuevo capítulo. Estaban buenísimas, al punto de generar una sucesión tan pródiga de manuelas que recién se agotaban cuando ya era el día de una nueva emisión del programa.

División Miami: Una pareja de canas que, al estilo de los guiones estadounidenses, lograba impedir hasta el choque entre planetas. Fue el cuarto de hora de Don Johnson, aunque el pico de mayor felicidad del tipo fue cuando filmó una película con Jennifer Connelly cuando la chica era una cosa increíiiible y se la pudo transar, para colmo cobrando por ello. Lo mejor de la serie era la presentación, donde había paneos de las playas de Florida, con un festival de gomas y trastes imperiales.

V-Invasión extraterrestre: Fue un lanzamiento con mucho márketing, que le dio un toco de audiencia. Algo que generaba mucho interés en la historia era que la invasión era discreta, ya que los extrarrestres adquirían apariencia humana y se infiltraban entre nosotros (los humanos, quiero decir, no los que hacemos Angaú Noticias). Pero si les agarrabas la jeta con la mano y estirabas, la piel se deshacía como si fuera látex y aparecía el verdadero aspecto de lagartos que tenían los bichos.

La pérfida del relato era Diana, la jefa de los guachos, y estaba tan fuerte, pero tan fuerte, que hasta lagartizada y todo uno quería darle.

Misión imposible: Una joyita. Las historias no tenían desperdicio, y quedó para siempre la imagen del grabardocito con el que arrancaba el programa, que era donde dejaban las instrucciones para el equipo de protagonistas. "Esta grabación se autodestruirá en cinco segundos", decía la voz neutra, y el aparato empezaba a soltar humo como si lo hubieran comprado de contrabando.

Aparentemente la serie dejó de filmarse porque se gastaban un huevo en grabadores.

Dinastía: Apareció para competir con Dallas (comentada en nuestra primera nota televinostálgica), y por eso también hubo que poner una flor de guacha entre los personajes (Joan Collins), mucha conspiración entre ricos, sexo cruzado entre todos, mansiones y, a modo de queso rallado, tetas por todos lados. Las de Linda Evans hacían que el programa ni siquiera necesitara trama.

La mujer biónica: El programa surgió a partir de "El hombre nuclear" (serie de la que también hablamos en el Volumen I, pedíselo a tu kiosquero amigo). Mientras que el coronel Steve Austin tenía un ojo, un brazo y las piernas "nucleares", la versión femenina tenía -si no me acuerdo mal- las patas, un brazo y el oído. La protagonista estaba bastante buena (Lindsay Wagner), pero "La mujer maravilla" (Linda Carter) le ganaba por paliza, porque con una de sus gomas se podían hacer 12 de las de la pobre Linday.

El hombre de la Atlántida: La protagonizaba Patrick Duffy, el mismo que había hecho de buenazo (tirando a boludo) en Dallas. No, no era un tipo que laburaba en Editorial Atlántida, sino un pascuato al que habían encontrado en el mar (no me acuerdo si lo pescaron o cómo carajo apareció) y al que llevaron a los Estados Unidos para estudiarlo (aunque dicen que en el capítulo final, que acá nunca se vio, lo hacían a la parilla con un par de dorados y un surubí).

Nadaba debajo del agua de una forma que parecía estar empomándose a la mujer invisible, y si intentabas imitarlo en alguna pileta, te quedaba la columna a la miseria. ¡Ah!, y tenía unas manos asquerosas, con una membrana que le unía todos los dedos a la altura de las uñas.

Kojak: Personaje a cargo de Telly Savalas. Un capo total. Detective adicto a los chupetines, solía terminar cada capítulo resolviendo los casos y más melancólico que Eric Clapton un domingo a la tarde.

Los Dukes de Hazzard: Serie medio boludaza, donde toda la gracia estaba en dos vagos que con su auto se dedicaban a romperle las bolas al alcalde (o algo así) de su pueblo. Era insoportable escuchar el relato en off, que aparecía a cada rato con esa tonada tejana de mierda. Pero todo valía la pena para ver los shortcitos y las gambas im-pre-sio-nan-tes de Catherine Bach, que hacía de prima del par de pelotudos.

El túnel del tiempo: Esta sí que estaba buena, porque ya de entrada fascinaba la idea de una máquina que llevara a quien la usara hacia atrás o hacia adelante en el tiempo. Pero además, la producción era buena (para su tiempo) y las historias solían ser interesantes.

Randall: Josh Randall estaba interpretado nada menos que por el gran Steve Mac Queen (traten de ver Papillon, peli vieja pero memorable). La serie estaba ambientada en el far west yanqui, y Randall era temible con un pistolón recortado que en el barrio, cuando nos poníamos a jugar a los "coboy", todos queríamos reproducir con "armas" fabricadas a partir de maderas de cajones de frutas o palos de escoba.

Esos juegos siempre terminaban con conflictos insolubles, porque muchas veces el "herido" por un disparo tempranero se negaba a aceptar que el balazo le había dado, y se ponía a hacer geométricas proyecciones en el aire para demostrar que la trayectoria apenas lo había rozado. Y estábamos, también, los que moríamos gustosos, interpretando desgarradoras caídas al suelo que llegaban a conmover a las vecinas más sensibles.
Artículo relacionado: Gratis, la primera entrega

 

 

Comentarios (30)Add Comment
Escribir comentario
 
  + chico | + grande
 

busy
Actualizado ( Martes, 25 de Agosto de 2009 02:42 )  

Zona Lectores

Lo que esperamos

Tardará, tardará.

module by Inspiration

Angaú fuera de joda

El periodismo en la era de la vociferación

Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...

module by Inspiration