Mucho se ha escrito ya acerca de los valores de este tiempo, donde, por ejemplo, vale más el éxito que el amor. Testimonio de ello puede dar el economista MartÃn Redrado, quien tras sentir que tocaba el cielo con las manos por su vÃnculo con Luciana Salazar, cayó ahora al abismo de enterarse que la rubia decidió dejarlo para iniciar una relación con el mundialmente famoso pulpo Paul.
"Me picó el bichito del amor", fue lo que Luly le dijo a Redrado cuando éste llegó al semipiso de la modelo, dispuesto a darle matraca antes de una conferencia y ello lo frenó con el fatÃdico "quiero que hablemos, tengo algo para decirte".
El ex presidente del Banco Central, como buen corneta, supuso que ella le iba a hacer un reclamo por el color del tapizado del Audi que le habÃa regalado la semana anterior, pero al verla tan seria, se dio cuenta de que el tema era delicado. "¿Estás embarazada?", preguntó. Como ella proseguÃa sin pronunciar palabra, titubeando, la miró a los ojos y agregó: "¿Estoy embarazado yo?"
Salazar, desengánchose la teta derecha, que le habÃa quedado apretada entre dos sillones, le dijo que no con un movimiento de cabeza, y entonces sà le expresó la cándida metáfora de la picadura. Redrado le soltó la mano, se puso de pie, caminó hacia el ventanal y mirando sin interés el mar de edificios, soltó: "Es con Tom, ¿no?". Luly respondió con un susurro: "No, sabés que no me gustan los perros, y los dálmatas menos".
"¿Era cierto lo de Del Potro, entonces?", siguió él, ya con un tono de mayor fastidio. Ella volvió a negar. "¿Con Menem, al final? Una vez me dijiste que tenÃas la fantasÃa de una partusa con él, Fujimori, Margaret Thatcher vestida de madre superiora y dos payasos del Circo Lowandi". Ella por primera vez lo miró sin culpas. "No sé por qué sacás eso ahora, te dije que lo pensaba cuando él era presidente", le reprochó, encendiendo un cigarrillo.
Redrado golpeó con el puño y sin mucha convicción el marco de aluminio, generando un leve temblor en los vidrios. "¿Cuántas letras?". Luly dudó sobre si seguir el juego o no. "Trece... ¡no!... Once", acabó contestando. Él pensó varios minutos, balbuceando y contando con los dedos. Luego, se destuvo espantado: "¿¿Me dejás por Elisa Carrió???"
Salazar explotó: "¡El pulpo Paul, carajo, del pulpo te estoy hablando!"
MartÃn quedó paralizado, como si fuera un niño nuevamente y estuviera jugando a "la estatuita". Intentó varias veces decir algo, y lo único que logró fue mover los labios como si la primera sÃlaba de cada palabra se le quedara trabada en ellos. Entonces ella decidió seguir, como para liquidar el asunto. Además, Paul estaba fumando en la habitación, y la esperaba para una segunda revolcada.
"Vos, con todo este quilombo con el gobierno, andabas como en otra, muy tenso, y yo me sentà vulnerable. Me encontré con Paul en un chat, me contuvo mucho. Al principio no me dijo que era pulpo, pero vos tampoco me habÃas dicho que eras contador". Redrado la cortó con un gesto hostil, como dándole a entender que no le interesaban sus explicaciones.
Después, siguiendo el manual del hombre lastimado, no pudo evitar la búsqueda de un golpe que la hiriera. "Cuánta razón tenÃa mamá cuando me decÃa que vos no eras para mÃ, que mejor por qué no intentaba con Graciela Fernández Meijide. Ah, ¡y perdón, sÃ, sÃ, perdón por no tener ocho porongas!"
"¡Te fuiste al carajo, al re-carajo!", se exaltó ella, apagando nerviosamente el cigarrillo y dirigiéndose a paso rápido a la puerta. "¡Las tetaaaaasssss!", se oyó gritar al vecino, un hombre de 67 años que siempre se queja del ruido que hacen las glándulas plasticomamarias de Luly cuando ella camina a demasiada velocidad.
"Te vas". Ella lo dice con la puerta ya abierta, y Redrado, descentrado, cae en actitudes que lo desdibujan por completo, como la de abrir la heladera y juntar bajo el brazo dos Chandon y una bochita de mortadela Paladini. "Las pagué yo, no las voy a dejar para que un bicho corrupto y timbero se dé la gran vida", dice.
A paso lento atraviesa la puerta y en el pasillo, mientras aprieta el botón del ascensor, se gira hacia ella, deja las botellas y el fiambre en el piso, se pone las manos sobre la bragueta, y se pone a mover los dedos como si fueran ocho penes que dicen adiós.
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Tardará, tardará.
Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...