Uno de los momentos más terribles en la vida de un ser humano se hace presente cuando llega el receso escolar de invierno y hay que tener a los hijos tiempo completo en casa, con la invisible pero palpable obligación de hacerles sentir que sus vacaciones están siendo disfrutadas.
Es que, a diferencia de lo que (nos) ocurría con otras generaciones, ya no es el niño quien se procura la diversión (convirtiendo botones en autitos de carrera o cajas de zapatos y tapas de frascos de mayonesa en vehículos). Ahora el niño, simplemente, se instala frente a su padre, tutor o encargado, y comunica: "Estoy aburrido".
A partir de allí, el adulto es quien debe ofrecer una lista de actividades y opciones que es sometida a aprobación del pendejo de mierda, que hace uso compulsivo de su derecho a veto.
Por eso, y porque AN es servicio, va a esta lista de sencillos consejos para no cometer una locura en estas dos semanas.
Provéase de películas truchas con debida antelación. Olvídese del videoclub. Como los amados niños no ven todos al mismo tiempo la peli que usted alquila, y como son incapaces de mirarla completa de una sola vez, su ingenuo cálculo inicial de "jeje, por siete mangos los tengo entretenidos todo un día", se convierte en un aviso a su teléfono, días después, indicándole que la deuda con Royalmaster ya está en los 348 pesos, y todo por dos pelis de mierda que encima los turros no terminaron de ver todavía.
Tampoco apueste al cine, pensando que con esa salida se asegura de tenerlos sentados dos horas y de que miren algo de principio a fin. En las salas de hoy, con la excusa de que la proyección es "en 3D", triplican el costo de la entrada, así que cuando le digan el precio total para hacer entrar a su cachorrada, y le sume el costo del pochoclo y las gaseosas (sale más barato un Chivas Regal afuera del cine que una latita de Mirinda adentro) va a pensar si no le convenía más llevarlos las dos semanas a Punta Cana.
Pero ya está, y no se puede volver atrás. Por eso, y para evitar ese ánimo homicida que irá ganando su ser, busque películas truchas, pero con tiempo, cosa de no tener que quedarse con esas versiones que, de tan berretas, están llenas de sombras que son las personas que estaban en la sala donde se filmó la copia pirata.
No se haga cargo del tedio injustificado. Les compró la Play, les puso una tele en su habitación, les agregó un reproductor de DVD propio, les dio una computadora diez veces más moderna que la que usted usa para laburar, les compró cada juego que le pidieron, pero ellos siguen interrumpiéndole la siesta para decirle: "Estamos re aburridos". Pruebe dándoles una señal clara de que no piensa hacerse cargo del problema. Diga, por ejemplo: "Me importa un sorete, váyanse a la reputa madre que los remil parió, me tienen podrido, pajeros de mierda". Dígalo, para no ser extremadamente duro, en un tono cálido.
Propóngales viejos juegos colectivos con un sistema de premios. Si siguen dando señales de hastío, sáquelos de la compu y la Play y póngalos a jugar a clásicos como el juego de la silla que falta, el tutti fruti, la rayuela, la escondida, y otros. Pero establezca un sistema de premios que agregue adrenalina. Por ejemplo, avisarles que quien gane no se pasará la noche encerrado en el armario.
Miéntales. No, no ponga esa cara. Es usted o ellos. Prometa compensaciones que en la puta vida cumplirá, pero que pueden ayudar a terminar con una noche de peleas y quilombos entre ellos. No tenga reservas en decir cosas del tipo "al que sigue haciendo lío no lo llevo en diciembre a Disneylandia" o "si se duermen, mañana vamos a elegir los cuatriciclos que me vienen pidiendo". Y así, vaya enlazando compromisos para ir pateando la pelota hacia adelante. Resista, las clases van a volver, y no es cierto que al pastorcito mentiroso le fue mal.
Gane tiempo como sea. El tema es así: usted tiene que superar una cuenta regresiva de 360 horas, y acá cada hora que pasa sin quilombos ni demandas es un logro y un metro más que usted se acerca al puente de la salvación. Con ese objetivo, todo vale: convídeles licor por las noches, para que duerman hasta más tarde; si tiene que llevarlos a un control médico elija los profesionales que más gente tienen esperando; sáqueles películas como Ghandi y otras de hasta tres horas de duración; y organice viajes a ciudades ubicadas a 800 kilómetros con la excusa de que allí hay un gran parque con descomunales montañas rusas. Ensaye bien el momento de llegar a destino y decir "¡Puta, ya se fueron de acá!"
Cague a parientes. Sí, no está bien, pero no importa. Pase con las bestias por lo de sus padres o por la casa de alguna tía, y diga "te los dejo un ratito porque tengo que ir al banco y con ellos no se puede hacer nada". Regrese a los cinco días. Si se hacen los ofendidos, mándelos a la mierda. Después de todo, son su familia también, carajo.
Convierta al miedo en su fiel amigo. Si se trata de chicos pequeños, una buena actuación sobre "el cuco" puede ser suficiente. Pero si son malandras de más de 8 años, no bastará con eso. No desdeñe las enseñanzas que nos deja el cine. Cómpreles un conejo, y al cabo de dos días, dígales que el mal comportamiento de ellos está irritando a viejos espíritus que anidan en el barrio. Como no le darán bola, al cuarto día , en secreto, decapite al la mascota, deje la cabeza colgando en la ventana y con la sangre del bicho escriba "I'll back" en los azulejos del baño. No vacile, ellos algún día se lo agradecerán. Y si no lo hacen, por lo menos tendrán tema para rato en sus terapias de adultos, haciendo valer los cien mangos de cada consulta.
Y tú, oh, compañero de desgracia, ¿qué otras recetas compartirías con tus pares?
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Tardará, tardará.
Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...