En pocas ocasiones de la vida nos encontramos tan descarnadamente frente a la escencia dramática del Universo como cuando llega el Día del Niño (DN, en la jerga de los cardiólogos). Sobre todo cuando el niño propio ya no es un analfabetito de tres o cuatro años, sino un proyecto de guacho de algunos años más, que se erige en implacable juez de tu valor como ser viviente, o de tu regalo, que para el caso es lo mismo.
Las estadísticas demuestran que sólo el 12,7% de los niños queda verdaderamente conforme con los obsequios que reciben en su día, aunque no todos lo digan. Del otro lado de la historia, el 88,2% de los padres admite concluir esa jornada con la nítida sensación de ser una mierda.
En esto cabe distinguir distintos tipos de hijos:
El mensajero. Una de las clases más peligrosas, porque inicia el período pre-DN lanzando mensajes subliminales o indirectos, pretendiendo no estar enterado de que se avecina el día en cuestión. Se lo identifica porque más o menos el martes anterior dice cosas como "Juan tiene la Play Station 8, tienen que ver qué linda que es", el miércoles agrega "qué feliz es Juan cuando juega", el jueves (si no hay señales paternas) agrega "cómo lo quieren los padres a Juan", el viernes avanza con "a la Play 8 la ofrecen hasta en 24 cuotas sin interés", el sábado repite cada seis horas las direcciones de los comercios en que venden el artefacto y el domingo, si no hubo Play 8, se sienta en el living, mirando al vacío, con el Tetris de mano recibido al lado, sin tocarlo.
El directo. Más franco que el anterior, y también más turro. Ya dos semanas antes dice sin vueltas que quiere la Play 8, e intima a recibir una respuesta en un plazo perentorio de 48 horas. Si se accede, todo bien. Si se declara imposibilidad de realizar la adquisición, iniciará una tarea diaria de demolición del ánimo paterno y de la convivencia familiar.
El estadista. Niño que hace una lectura estratégica de la situación y se plantea un único objetivo: recibir el regalo solicitado. Por eso, considera una estupidez resignarse a sólo hacerle la vida imposible a sus padres ante una negativa. Si ésta se da, no patalea ni chilla, sino que propone una "mesa de trabajo" y la conformación de una comisión bipartita en la que negocia arduamente lo que él mismo denomina "un pacto de gobernabilidad".
En ese ámbito exige a los padres un informe detallado sobre ingresos y egresos del grupo familiar, a fin de acreditar la imposibilidad presente de comprar la Play 8, para de inmediato reclamar un plan de inversiones que especifique claramente cuál será la reserva presupuestaria que se hará mes a mes para adquirir la consola, cuándo se hará la operación comercial, qué sanciones se aplicarán en caso de incumplimiento y qué regalo "paliativo" se le dará mientras tanto.
Para finalizar, propone la firma de una carta de intención, y luego se va a jugar a la calle con sus amigos.
El canciller. Este tipo de criatura, al ver que la mano viene mal para el DN, busca alianzas en el exterior. Llama a abuelos, tíos, primos adultos y otra parentela, buscando apoyo externo. Denuncia sojuzgamiento parental, declara formidables logros escolares para nada ajustados a la realidad, saca en cara tongos y castigos de cuando tenía tres años, dice "mi mamá me quemó la mano" para aludir a un accidente de alguna vez sirviendo un mate, y prepara el terreno para un repudio masivo en caso de que el domingo no haya novedades.
Lo más habitual es que los padres terminen sacando un préstamo usurario para hacer la compra, o que acaben totalmente aislados a nivel internacional.
El ladino. Simula entender las razones para que no se le compre la Play 8, y recibe con forzada cara de alegría el autito a control remoto, pero luego vemos que en su cuaderno de la escuela todas las oraciones y composiciones realizadas en clase son virulentas denuncias sobre la no concreción del regalo en cuestión, con frases tipo "Mi mamá y mi papá no me regalaron la Play, pero bien que ellos sí se compraron unos juguetes a pilas que usan entre los dos cuando llavean la puerta de su pieza".
El que no olvida ni perdona. Verdadera condena a perpetuidad. Jamás dejará de mencionar "lo de la Play", tanto a modo de pase de factura como para compensar cagadas cometidas por él. Además, entrenado en el lenguaje psicologista de los programas de la tarde que mira la madre, y por las novelitas pelotudas para niños y adolescentes, si le quema el guardapolvo a un compañerito, cuando director, maestra y padres propios y de la víctima se reúnan, su única explicación será: "¡Y cómo quieren que yo no salga violento si éstos no me compraron la Play!"
Así que suerte, y ¡hasta la victoria, siempre!
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Tardará, tardará.
Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...