La niña rubia jugaba todas las tardes en la plazoleta de mi barrio. Largas trenzas adornadas con cintas, carita regordeta de piel blanca y un precioso vestido azul.
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Yo la observaba desde el balcón de mi nuevo departamento, donde cada tarde salÃa a tomarme unos mates al regresar del trabajo, y me preguntaba por qué jugaba sola. Eso era algo que habÃa notado casi desde el principio -y no me caracterizo por mis dotes de buen observador-, y me llamaba la atención una y otra vez. No era una niña fea, según lo que se veÃa desde los 30 metros que mediaban entre mi balcón y la plaza de juegos, y no parecÃa agresiva. Pero los pocos niños que frecuentaban el arenero la esquivaban cuidadosamente. Si la niña se dirigÃa al columpio, los demás niños se retiraban a los subibajas. Si ella iba al tobogán, ellos al columpio. A veces elegÃa el subibaja, y se quedaba sentada allà largos minutos esperando un compañero de juegos. Lo peor era que nadie parecÃa notarla siquiera. Yo la miraba y sentÃa una tristeza inmensa, y a la vez un enorme enojo para aquellos niños egoÃstas.
Entiéndeme bien, no era aquella niña el objeto principal de mis pensamientos por aquellos años. Era más bien que me acordaba de ella al verla desde mi balcón, y una leve corriente de curiosidad se filtraba por el curso enloquecido de mis divagaciones, y nada más. Luego me olvidaba de ella, hasta la tarde siguiente.
Pero una tarde en que me encontraba particularmente triste –ya ni recuerdo por qué-, la vi solitaria en la plazoleta, sin nadie con quien jugar, esquivada por todos, y me embargó una infinita necesidad de protegerla, de bajar y abrazarla y decirle que todo estaba bien. Ese pensamiento me llevó a considerar si ella estarÃa acompañada por algún adulto que pudiese malinterpretar mis expresiones de cariño, pero no noté a nadie, ni entre los juegos ni afuera, que pareciera estar acompañándola. Además, ¿qué persona de bien la dejarÃa sola sufriendo la indiferencia de los demás? Deduje por lo tanto que ella debÃa vivir en las proximidades de la plaza, acaso con una madre demasiado ocupada y un padre ausente.
Luego de pensarlo por largos minutos, me armé de valor y me dirigà a la plazoleta, tratando de parecer más inofensivo de lo que soy. Grande fue mi sorpresa al llegar y no encontrar a la niña, ya que no habÃan pasado más de tres minutos desde que dejé mi balcón hasta cruzar la calle. Pero no estaba allÃ, ni en ninguna parte donde yo pudiera verla.
Un poco apesadumbrado y otro poco sintiéndome un tonto, regresé al balcón y a mi mate, con montones de preguntas cruzando mi mente como estrellas fugaces. Me senté, tomé mi mate en la mano izquierda, miré hacia la plaza y me quedé helado. ¡La niña estaba columpiándose como si nada, sola como siempre!
Bajé nuevamente a la carrera, sólo para no encontrarla. Me quedé largo rato mirando a los niños jugar, hasta que desperté las sospechas del cuidador, que se me acercó con cara de pocos amigos. Se calmó un poco al reconocerme como vecino, y aproveché para preguntarle por la niña. Seguramente él la debÃa conocer, una criatura preciosa, de vestido azul, con trenzas rubias y moños coloridos, de tal y tal figura y altura.
El hombre se me quedó mirando, súbitamente pálido. Cuando recobró el habla, me explicó que esa era exactamente la apariencia de su hija, que murió en esa plazoleta años atrás al caer desde la escalera del tobogán. No supe qué decirle, murmuré algunas disculpas incoherentes y me dispuse a huir de allÃ.
Al mirar por última vez hacia los juegos, noté que los niños habÃan dejado libre un columpio, y una serpiente helada recorrió mi columna.
Mario Daniel Brizuela
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Tardará, tardará.
Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...