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Aquel riesgoso arte de inventar un dolor de estómago para no ir a la escuela

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"Mamá, me duele la panza". Decir la frase, con voz de soldado herido en combate y cara de haber estado dos semanas en el desierto sin beber agua, era la apuesta que uno hacía para zafar de tener que ir a la escuela. Una jugada que abundaba en invierno, cuando levantarse de la cama para ir al cole era menos atractivo que jugar a la botellita con Lita de Lázzari y Ludovica Squirru. Pero la cosa tenía sus riesgos.

 

Los peligros, es verdad, dependían también de la capacidad actoral de uno, aunque algunos eran totalmente independientes de ellos. Los cuidados básicos que había que tomar eran los siguientes:

 

Transmitir la angustia de existir. Como las madres y padres de aquel tiempo no estaban contaminados de pelotudeces psicologistas (hoy simular un dolor de panza puede derivar en una terapia grupal que incluya al niño, sus padres, sus abuelos, el cuerpo docente del colegio y los amigos de la infancia de la directora), la simulación del dolor debía ser convincente y conmovedora. La madre debía sentir que ese hijo estaba siendo atacado por el universo mismo. Soltar lágrimas era lo ideal, pero era muy difícil lograrlo.

 

Dar señales de desesperación. Hay que evitar que el progenitor piense y analice. Eso se logra apuntando a sus emociones. Frases como "apretame la mano, mami, por favor" o "acariciame la pancita y pedile a Diosito que me saque este dolor feo" podían ser cartas definitorias.

 

No demostrar somnolencia. Lo más efectivo era estar ya despierto cuando él o ella llegaran a la habitación. Y evitar por completo bostezos o indicios de que en realidad uno quería seguir apoliyando. La posición correcta: postural fetal, con gemidos apenas audibles y temblores espasmódicos.

 

Los riesgos que acechaban eran varios:

 

Ser descubierto. Había madres bastante guachas, entrenadas en el arte de interrogar, que cuando se encontraban con un pibe inexperto que no había previsto repreguntas, iban hallando contradicciones y datos que no cerraban. Tartamudear o desdecirse sobre lo dicho apenas minutos antes era letal: o te levantaban a tongazos o te pasabas dos semanas sin poder salir a jugar a la pelo con los vagos.

 

Ser engañado. Otro truco bajo de los adultos. Con tono cariñoso decían cosas del tipo "decime si de verdad te duele, porque si es una mentirita te dejo faltar, total hace mucho frío para ir; pero si es verdad te voy a tener que llevar al médico y te va a dar remedios feos". No faltaba el boludo que creía descubrir que su madre era la mina más gamba del mundo, y contestaba: "Sí, era mentira, jiji". Al instante la cabeza se le convertía en un yo-yo que la madre hacía funcionar zamarreándole la oreja.

 

La madre dramática. Todo lo contrario de los dos puntos anteriores. Ella se asustaba tanto con nuestra mega actuación que nos llevaba al pediatra, a cuatro especialistas y tres medidoras de empacho. Resultado, por faltar un día estábamos quince días padeciendo remedios horripilantes, tés intragables y análisis humillantes.

 

La madre esotérica. La reiteración de dolores de panza truchos le hacía pensar que nos habían hecho "un daño" o que nos poseía un demonio de habitat estomacal. Curas, pastores y curanderos desfilaban por nuestras vidas exorcizándonos, gritándonos frases de la Biblia y apuntándonos con crucifijos.

 

El pendejo improvisado. La falta de experiencia lo llevaba a cometer errores groseros, como por ejemplo, después de obtener el visto bueno para faltar, tomarse un Toddy con pan, manteca y dulce de leche. A veces ese desayuno era servido como una trampa cazabobos ideada por los padres, para ver hasta qué punto el malestar digestivo era real. Con la última gota de "cuili" llegaba la primera sopapeada. Igual suerte tenían los nabos que a las 9 de la mañana ya estaban pateando penales en la vereda.

 

Ni olvido ni perdón. Padres rencorosos, incapaces de ver la necesidad de que los argentinos se reconcilien, tomaban nota del fraude y jamás lo olvidaban. Es más, ya cuando el pibe era grande y llevaba veinte años laburando en una ferretería, seguían, ante cualquier declaración real de malestar (una cefalea, la aparición de sangre al mear, un derrame cerebral) largaban automáticamente el "¿te acordás de cuando me embaucaste con el tema del dolorcito de panza? Bueno, ahora jodete: limpiate la sangre de las orejas y andá a trabajar".

 

La historia de aquellas gestas está repleta de relatos sobre victorias y estrepitosos fracasos. Y ni que hablar del duro aprendizaje de ver que a la hora de inventar había cosas que no convenía decir, como lo del dolor de muelas, que derivaba en terribles tormentos con el torno en el consultorio del dentista de la familia.

Pero aquí estamos aún, dispuestos todavía a esquivar la oficina de mierda con una actuación consagratoria.

¿O no?

 

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Actualizado ( Lunes, 05 de Septiembre de 2011 11:21 )  

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