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Conmoción mundial y agonía de una fantasía universal: murió el remisero que se empomaba dos gringas misioneras gemelas

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Juan Carlos López, el remisero de San Vicente (Misiones) que se ganó la admiración de 20 millones de argentinos al levantarse a dos impresionantes gemelas que, además, aceptaron vivir con él y atenderlo de a dos, falleció tras estar un tiempo internado en una clínica siquiátrica de Oberá.


El caso estremece, por motivos muy concretos: ¿Significa que empomarse dos hermanas, lejos de ser un premio del universo reservado para unos poquísimos privilegiados, es una experiencia mortal?¿Implica que el hombre no está diseñado para soportar dos yeguas rubias que piden bombeo simultáneo?¿Representa el fin de una fantasía que los chicos ya comienzan a soñar a partir de los 14 años y que persiste hasta aproximadamente los 86?

Los interrogantes laceran y le quitan gran parte de su sentido a la vida. Mientras esperamos, ansiosos, que la ciencia los devele y responda, reproducimos la entrevista que AN mantuvo con López más de un año atrás, cuando comenzaron los poblemas para el remisero idolatrado.

Por entonces el flaco ya que había compartido el living de Susana Giménez con las gemelas Liliana y Marisa Kuegler. La noticia de que López estaba internado en un centro psiquiátrico de Oberá sacudió a todos los miembros de la comunidad masculina. A todos los miembros, bah.

Se decía que el conductor de remises había entrado en crisis y se sentía "poseído por el espíritu de su madre", fallecida poco antes. Otros apuntaban a las gemelas, quienes, según se afirmaba, le venían exigiendo que embarazara a ambas al mismo tiempo y que, además, les hiciera tener mellizos.

La increíble historia de López y las gemelas, así, adquirió de pronto un denso halo de misterio. AN pudo hablar aquella vez con Juan Carlos. Volvemos a publicar aquel relato.


Under pressure


En la habitación 27 de la clínica "Los patitos en fila", de Oberá, López nos recibe atado con sunchos a una cama de pesada armazón de metal. De entre las sábanas, como un fláccido periscopio, asoma su pene. López, con los ojos llenos de una vieja desesperación, explica antes de que preguntemos algo: "Recién vinieron Liliana y Marisa".

Suena el celular sobre la mesa de luz. "Por favor, atienda y póngame al habla", dice López, que de tanto en tanto forcejea suavemente, como si quisiera decirle a sus ataduras que no se considera rendido, que no se resigna a la idea de quedar allí, inmovilizado, otros días más.

Abrimos la tapa del teléfono, y al escuchar la voz del otro lado, Juan Carlos se tensa. "No, no, no, ¡no! Hoy ya no, no vuelvan... No... No, Marisa, córtenla... Que no, te digo que no... ¡Que no, que me siguen deshidratando así, carajo!"

La llamada es cortada por quien llamó. López se queda mirando a un lado, apretando los dientes, y nos mira de reojo.

AN: ¿Es cierto que las gemelas Kuegler le exigieron que embarace a ambas al mismo tiempo, y que en ambos casos produzca la gestación de mellizos?
-Sí, es verdad.

-¿Y usted qué les dijo?
-Que tengo un picho común, no uno con mira telescópica.

Una enfermera entra, controla el nivel del suero, y detiene todos sus movimientos al ver el miembro yacente.

-¿Y esto?- pregunta con gesto agrio.
-Una pija-contesta López desafiante.
-No se haga el vivo- lo corta ella.

La mujer tapa cuidadosamente el pene, con la sábana, como si estuviera cubriendo el cuerpo de la víctima fatal de un accidente de tránsito. "Putas de mierda...", dice la mujer cincuentona entre dientes, mientras vuelve a prestar atención al goteo de la solución fisiológica. Después se va.

AN: ¿Significa que no es verdad que usted se haya sentido poseído por el espíritu de su madre?

-Sí, eso también es cierto. Encima me pasó eso, vio.

-¿En qué cosas lo notó?
-Primero me di cuenta de que me estaba poseyendo el espíritu de una mujer, no precisamnete el de mamá, porque con el remís ya no podía estacionar retrocediendo. El auto me quedaba casi a 45 grados, cruzado todo mal, chocando una y otra vez contra el cordón. Si llevaba pasajeros por el centro, iba pelotudeando mirando vidrieras, aunque detrás me fueran matando a bocinazos. Si tenía que hacer una maniobra arriesgada, con poco espacio, seguro rayaba a otro coche.

-Ya veo, cosas totalmente femeninas. ¿Y cómo descubrió que ese espíritu, además de ser de mujer, era nada menos que el de su madre?

-Por la actitud. Si comía el strudel de las gringas, aunque me gustara, les decía que estaba más feo que la mierda. Las recontra rebajaba hablándoles de su manera de planchar. Les decía yo a la madre de ellas que son unas atorrantas que me iban a terminar destruyedo. Cosas así.

-¿Lo pudo hablar con ellas?

-Muy poco.

-¿Ellas son muy cerradas?
-No, al revés, por eso justamente casi no puedo hablar. Siempre que estoy en la casa ando con algo en la boca. Una goma, una cachuncha, una nalga.

-Cuando se supo de la historia de ustedes, se lo vio casi como a un ídolo, un genio. Sin embargo, por lo que cuenta, pareciera ser el ingenuo que cayó en una trampa.
-Y, mirá, algo así es. No hay forma de calmarlas. En los fines de semana largos me hacían perder hasta siete kilos. Volvía de manejar catorce horas, y ¡zácate!, ellas cabalgándome alternadamente seis horas, después comer alguito, dormir un ratito, y ser despetado de nuevo por ellas para una nueva baqueteada antes de salir con el auto.

-Parece el cuento de nunca acabar.
-No, todo lo contrario.

 

 

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Actualizado ( Miércoles, 28 de Septiembre de 2011 10:10 )  

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