Esto es, ya se sabe, un valle de lágrimas. Pero aun así, uno hace todo lo posible por zafar, por sentirse bien y, quién te dice, por ahí hasta ser feliz. Pero cuesta un huevo, claro, porque creo que ya dijimos que esto es un valle de lágrimas.
Hasta ahí, todo bien. Es decir, estaba en los papeles que no iba a ser fácil. Pero lo que jode es que después de tanto remarla, de ponerle tanta pila a la sensación de bienestar, otros generan situaciones que no te vuelven más infeliz pero sí te embolan bastante, sobre todo porque no hay necesidad de llegar a episodios semejantes. Y después resulta que si uno compra una motosierra y comienza a matarlos ¡el malo de la película es uno!¿Podés creer?
¿No caés todavía?¿No sabés exactamente a qué nos referimos? Por ejemplo:
Que se te acerquen a hablarte cuando te estás sonando la nariz. Ese compañero de oficina no te habló en toda la mañana, pero bastó que te pongas un pañuelo sobre el naso para que el salame se levante de la silla como si tu movimiento hubiera activado un resorte debajo de su traste. Por supuesto que enfila hacia vos, que estás en plena evacuación moqueril.
-Che, Héctor, al final me fui a Paraguay a comprar las cubiertas.
-¡Shhrrrshrrrshrrrrr! ¡Flisssshrrrrrsshhhhrrrrrrllllllljjjjjjj!
-¿Adiviná a cuánto conseguí las cuatro?
-¡Jlllllsssshrrrrrrfflllllllllssssshhhhhllllll! ¡Jrrrrrrsshllrrrrrlllllllllljjjjjj!
-Héctor... adiviná...
-Fllssshhh... jllllllssssshhhh...
Terminaste el proceso de expulsión, y ahora tu misión es retirar el pañuelo sin hacer papelones, es decir dejando tu nariz sin ningún rastro que provoque un arrugue de jeta en el idiota, que para colmo ¡ahora se queda callado!
Sí, el pelotudo se calla, como si estuviera más ansioso que vos por ver si te queda el naso digno o con alguna porquería adherida y a la vista.
Como si estuvieras amenazado de muerte para hacerlo bien, moves estratégicamente el pañuelo en la retirada.
-Eh... ¿y a cuánto las conseguiste?- decís vos, sin querer disimular la incomodidad y el embole.
-Che, limpiate bien, te quedó un coso acá...-te dice con cara de asco, como si lo hubieras estado agarrando del cuello para obligarlo a presenciar la sonada.
Y se va, claro, para no volver a hablarte en todo lo que queda del día.
A tu jefe sólo le nace compartir ideas cuando estás desayunando. Cuando llegaste, te saludó con un gruñido porque parecía ocupado "en cosas importantes", no como las tuyas, que son pura mierda pero te dejan que las hagas porque "de lo contrario habría que rajarte y dónde carajo vas a conseguir vos otro laburo". Eso sí, ni se te ocurra faltar, porque de las boludeces tuyas, de repente, depende el destino del Universo.
Pero volvamos a lo nuestro. Ese jefe tuyo sólo comparte una idea o una propuesta con vos en un momento exacto: los quince minutos que te tomás para lastrar tu desayuno en tu escritorio. Incluso, él es todavía más preciso: se te instala enfrente cuando le diste el primer bocado a la medialuna o al tostado y mandaste el trago de café con leche para degustar la mezcla de farináceo y bebida.
-¿Te parece que hagamos una buena nota para el diario sobre las estadísticas sanitarias de la provincia?
Él, que nunca te pide opinión de nada, ahora sí. Justo ahora que tenés la boca llena de una masa cafeconlechizada que te permite apenas decir una limitada colección de palabras mutiladas, ya que si te ponés demasiado locuaz lo vas a terminar dejando como una pared pintada en onda salpicré.
-Ño esh tang fáchil - decís, tratando de cortar ahí la cosa, o por lo menos obligando al otro a argumentar más para darte tiempo de masticación y deglución.
-¿Por qué no es tán fácil?
-Ño hay beñash esh...glug...tadísticash...
Se va. ¿Se fastidió?¿Le pareciste un desubicado? Ma sí, que San Puta se lo lleve, mirá el momento en que viene a sacar conversación. Y como para no darle margen para la más mínima victoria sobre tu ánimo, arremetés contra lo que quedaba de medialuna, y mandás un trago largo que deja la taza por la mitad.
-¿Y una nota sobre la evolución histórica del registro de lluvias?
No contabas con su astucia. Te llegó por el otro lado, y ahí está de nuevo, para que el único momento placentero del turno se termine convirtiendo en un dolor de esófago.
El boludo que estaciona el coche pegado al tuyo. No sabés si el tipo es demasiado imbécil o tiene excesivamente desarrollado el instinto gregario. Te obliga a 44 maniobras para poder salir, porque puso su auto atrás, paragolpe contra paragolpe, y de paso te empujó hasta dejarte ensartado contra la combi que está adelante. Lo peor es que el nabo tenía como tres metros vacíos atrás de él. Ah, y obvio que deja su coche en primera.
Por Ley de Murphy, olvidate de que aparezca enseguida. Ni se te ocurra, ya que seguro es un gil que estacionó ahí porque se tiene que hacer un triple by pass en la clínica de la esquina. Así que esperá dos semanas, o bajate y al menos date el gusto de rayarle todas las puertas con la llave cruz.
El chofer de Falcon. En la fauna del tránsito argento, hay pocos personajes más boludos que el tipo que maneja un Falcon. En nueve de cada diez casos, se trata de viejos que miran el Turismo Carretera con devoción y son "hinchas" de su auto de mierda. Ergo: para ellos, que vos los pases en una calle o avenida es peor que si te encontraran enhebrándote a su mujer, su hermana y su madre dentro de un castilo inflable.
El chofer de Falcon calcula su ubicación en la calle de tal modo de no dejarte espacio para pasarlo ni por izquierda ni -indebidamente- por derecha. Y si te quedara un margen, él moverá su catamarán para bloquearte, en cuanto advierta tus intenciones de dejarlo atrás.
Sólo el chofer de los camiones recolectores de residuos llega a ser tan insufrible cuando te lo encontrás manejando delante tuyo.
La empleada de comercio jeropa. Desde la vidriera ves que está rascándose la cachuncha y con cara de haber visto en el día menos personas que un habitante de Ganímedes, pero cuando entrás te dice "ya estamos cerrando, señor". Mirás el reloj, y son las siete y veinte de la tarde. Si hacés una observación sobre ese detalle, es peor, porque te toman por pelotudo:
-Sí, señor, pero todavía tenemo que hacé el arqueo de caja - te responde, como si ella no supiera que vos sabés que ahí no entra nadie y que cuando algún despistado cae y compra algo, todo es en negro.
Las notitas de la maestra. "Señor padre o tutor: Lito debe practicar más las tablas y participar más en clase", leés en el cuaderno de tu pibe. ¿Pero cómo querés que el pendejo sepa las tablas y participe más si le das clases dos veces por semana, guacha de miércoles?
¿A los maestros no se les pueden poner notas para los padres?
El insoportable que sólo sabe saludar golpeando. Es, en teoría, el gracioso del laburo. Una de sus habilidades es que no sabe saludar sin joderte de algún modo. El modo más clásico es darte algún tipo de golpe: una paralítica cuando te agarra parado junto a la impresora, una cachetada desde atrás en la cabeza o un tirón en los pelos del pecho arrancándote varios. Otro modelo es el que al pasar te resetea la compu.
Lo peor es que no tenés salida: si te lo bancás, el asunto nunca termina; si lo cagás a piñas, todos te miran con cara de "animal, ¿no te das cuenta de que sólo es un ser maravilloso que quiere hacer reír a los demás???"
El único consuelo posible es planificar, una y otra vez, día tras día, su asesinato y descuartizamiento.
El que nunca redondea. Pedazo de pelotudo que nació sin el sentido de síntesis y con una asombrosa incapacidad para redondear lo que te quiere decir. Generalmente es alguien con quien no tenés suficiente confianza como para mandarlo a la mierda, por lo que tenés que bancarte los pedazos de tiempo perdidos en escucharlo dar vueltas una y otra vez alrededor de una idea que ya captaste pero que el boludo cree que todavía necesita ser más explicada. Y es casi una ley de la física que te abordan cuando más complicado estás.
La apestosa inversa. Monstruo que se alimenta de los vendedores de perfumes baratos por catálogo. La frase de cabecera de estos seres es: "Si tres gotitas de colonia quedan bien, ocho cucharadas soperas seguro me vuelven irresistible". Y así ingresan a la oficina y pasan dejando una nube fragante que provoca estornudos, irritaciones nasales y puteadas por lo bajo.
De yapa, si por alguna razón te saludan con un beso en la mejilla, la aproximación te deja con una baranda indomable que llevarás a tu casa cuando regreses, generándote una hermosa puteada-interrogatorio por parte de tu mujer, que por el olor de tu ropa piensa que te anduviste revolcando en un telo con tres directoras de escuelas.
Y tú, oh, amigo, ¿qué emboles cotidianos sopooooortas?
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Tardará, tardará.
Ni modo. Tampoco ingenio o compromiso del real, es decir, ese compromiso con alguna causa que puede llegar a poner en riesgo el empleo, la reputación,...