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La dramática historia del hombre que cuando una mujer le gustaba hacía todo lo posible por llamar la atención

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No hay pleno acuerdo acerca de cuándo comenzó a manifestarse su patología. Para algunos (incluido él mismo), fue a los cinco años, cuando lo embelesó una nena de rulos pelirrojos, a dos casas de la suya, y él aprendió a caminar sobre sus manos para ver si así la cautivaba.

Para otros (incluido su psicólogo), el punto de inicio se dio apenas cinco meses después de haber nacido, cuando ya no le bastó llorar para que su madre le colocara una teta en la boca, sino que además hacía rodar en el aire -describiendo un círculo persecutorio perfecto- su chupete, el biberón y dos sonajeros con formas de abejitas.

Sea cual sea la referencia histórica correcta, lo concreto es que la compulsión de Juan Carlos Rivadenero nunca más dejó de acentuarse. En su familia consideran que el hito siguiente fue en el tercer grado de la primaria, cuando en el inicio de clases le tocó hacer fila justo al lado de Micaela, una niña de mirada morena que le hirió de felicidad el alma. En pleno acto de izamiento de la bandera, Juan saltó sobre un perro amarillo que se había colado en el colegio y cabalgó sobre su lomo, de pie, a toda velocidad por el perímetro del patio, mientras ejecutaba una danza cosaca.

Ni la tongueada pública de la señorita Elba ni los gritos de la directora ni la nota con birome roja estrenando el cuaderno Rivadavia le hicieron dudar siquiera por un instante de que había hecho lo correcto.

El barco de su vida tomaba una dirección que jamás habría de abandonar.

 

Impulso irrefrenable

 

El formidable impulso interior de llamar la atención a cualquier precio que el niño Juan Carlos sentía al verse deslumbrado por una chica, hizo que sus padres tomaran en quinto grado la decisión de anotarlo en una escuela exclusivamente de varones.

Es que además de su peculiar inclinación padecía un mal complementario: la facilidad para enamorarse una y otra vez. Luego del episodio con el perro, en años sucesivos hubo otros que mostraron una intensidad creciente en su idea de canjear audacia por cariño. Ese Juan de guardapolvos y zapatos de charol atravesó con patines ocho aros metálicos en llamas, metió la cabeza en las fauces de un rottweiler furioso, se liberó (casi ahogado) de seis candados que lo mantenían sumergido en el fondo de un estanque situado junto a la cocina escolar y se colgó con los dientes de la movediza pala de una topadora vial.

A él no le entraban razones. Los argumentos de sus padres, parientes y amigos, le parecían insostenibles. "De mil maneras distintas intentan decirme que un amor no vale jugarse la vida. ¿Qué mierda tienen en la cabeza?", escribió a los 13 años en su diario íntimo, el que, fiel a sus principios, guardaba en un nido de avispas asesinas situado sobre un pantano que custodiaban ocho yacarés y un par de boas.

Lo peor de todo era que de tanto riesgo no habían surgido grandes resultados. Las destinatarias de su pasión nunca le correspondían, en algunos casos por terminantes intimaciones paternas, en otros por tener serias dudas acerca de que un chico tan osado pudiera ser el hombre adecuado para brindarles una casa con techo de tejas y un jardín de durantas emprolijadas semana a semana.

 

Más y más

 

A la hora de tener que hacer la escuela secundaria, los padres de Rivadenero volvieron a confiar en un colegio mixto. No por fe en su hijo, sino por falta de cupo en la institución salesiana que tenían en vista.

Fue el comienzo de una etapa tan hermosa como atormentadora para Juan Carlos. La adolescencia, como era de esperar, le llenó el camino de amores a primera vista, a primer atisbo, a primera sombra. Amores que se apilaban, se encimaban, caían en cascadas estruendosas sobre su pecho.

No daba abasto. Bailaba en uniciclos con un ñandú en cada hombro; saltaba de un edificio a otro por las ventanas de sus pisos dieciséis; batía de modo asombroso el récord de permanencia bajo el agua (276 días, 22 horas y 41 minutos); soportaba la tensión de cuatro carros cartoneros (con sus respectivos caballos) tirándole de piernas y brazos en sentidos divergentes; caminaba veinte kilómetros haciendo la vertical y sosteniendo en lo alto -sobre las plantas de los pies- una gran olla con veinte litros de ácido sulfúrico; se acostaba sobre una cama de clavos y luego permitía que tres tapires se echaran sobre él. Todo a los ojos de la amada del momento.

Cuando obtuvo su título de perito mercantil, en su casa respiraron aliviados. "Imagino que sentarás cabeza", le dijo su madre. "Conseguí que el lunes empieces a ayudarlo al contador Falobrani", le comunicó su padre.

Pasaron los meses sin ninguna proeza. Los Rivadenero, finalmente, podían mirar con orgullo a ese hijo que tanto se había resistido a una vida promedio.

 

La fatalidad

 

Pero diecisiete años después pasó lo que tenía que pasar. "Esas cosas de la fatalidad", diría después el tío Oscar. Un jueves, al concluir un asiento contable, Juan Carlos tomó su impermeable para volver a casa. Eran casi las nueve, y llovía. Él maldecía en público esas noches, pero las adoraba en secreto. Se acostaba temprano, apagaba las luces y dejaba que el rebote luminoso del cartel de la estación de servicio dibujara sobre su ventana, en medio de la carrera de gotas, los rostros deseados que se habían ido llevando los remolinos del tiempo.

Sin embargo, esa vez, no pudo ser. Al salir del estudio, y luego de saludar al contador Falobrani, Juan Carlos avanzó hacia la esquina y pisó una baldosa floja. Antes de siquiera poder putear escuchó una risa en la oscuridad. Giró la cabeza, y bajo el techito de una quiniela, la vio. La cara redonda, el cabello negro, de un brillo desafiante, los ojos más vivos que cualquier cosa viva que él hubiera visto antes, la boca hecha toda de mar y luna.

Ella lo vio tan pasmado que volvió a reír. Él se dio cuenta de que ella era ella, la que había dibujado tantas veces sin saber cómo sería.

Alrededor, la lluvia se había convertido en tormenta, casi en huracán. Los colectivos volaban para apurar el recorrido, los autos parecían ambulancias llevando desesperados, los cables de la red eléctrica caían y lanzaban explosiones azules, una jauría de perros salvajes llegaba de quién sabe dónde, siete rinocerontes rabiosos lanzaban alaridos en medio de la avenida, dos de los jinetes del Apocalipsis asomaron en la vereda de enfrente. Entre las nubes había rayos que se preparaban para saltar, un gigantesco submarino tumbaba semáforos y alistaba sus torpedos, de las alcantarillas salían serpientes de cascabel, el horizonte lanzaba un espeluznante gemido al partirse al medio.

Ella, en un instante, pareció intuir algo. Juan Carlos, sin dejar de beberle los ojos, como en un lento ritual, se paró sobre las manos, estiró las piernas hacia el cielo, le dijo lo que quería decirle sin pronunciar las dos palabras, como para que ella solamente le leyera los labios, y fue dejando la acera así, rumbo al fragor de un oscuro torbellino infinito que unía cielo y tierra e iba devorándose al mundo.

Él dudó apenas medio segundo, y luego siguió, los pies agitados por el viento demencial, el torso quebrado por los puentes que llegaban batiendo el aire desde distantes territorios y se estrellaban contra sus costillas, las manos despedazadas por los hierros y huesos de dinosaurios que brotaron cuando las calles comenzaron a estallar. Sintió el corazón a punto de estallar. Feliz, tan feliz.

 

 

.

 

 

 

Comentarios   

 
+4 #4 Norberto 04-11-2014 22:05
Gracias
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+6 #3 Mmmm 15-03-2013 04:34
Muy buen A, volver a leerlos despues de mucho tiempo y encontrarme con esto... es impactante. CONGRATULATION

A: ¡Bienvenido, vieja!
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+2 #2 Ram 14-03-2013 15:54
Digno de la seccion de lectores, Admi.
Genial.
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+8 #1 peregrino 13-03-2013 06:45
Y me quedé sin palabras, qué querés que te diga. Me pareció una nota genial, digna de figurar en un libro de relatos (yo lo compraría, posta). Porque con un trasfondo de humor permanente, decís tantas cosas hermosas, que mi alma no puede más que dar gracias. Gracias. Gracias, porque hacía tiempo no leía algo tan bonito.

A: Güé, qué linda lluvia de exageraciones, Pere. Gracias a vos.
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