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La insalvable mortalidad: a veces conviene hacer la de uno nomás.

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Ovidio se sienta en el borde de la cama como si todo él fuera un contenedor gigantesco que una grúa del puerto retira de una barcaza en cámara lenta y va depositando con la misma parsimonia en el muelle. "La concha de la lora, me duele hasta la sombra", piensa, mientras estira los brazos hacia abajo, y los dedos tantean en el aire a la espera del contacto del culo con el colchón, a fin de amortiguar la velocidad del encuentro.

Efectivamente, Ovidio es una bola de dolores y cansancios que circulan como serpientes por la espalda, el abdomen, las extremidades y cada articulación. Le da rabia. Tener 67, piensa, no debería ser tan problemático. Por eso hace tiempo que recortó y guardó esa obrita maestra de Quino exponiendo -en un secuencia de viñetas- que la vida debería ser al revés. Que uno debería entrar a la existencia por la ancianidad e irse por las puertas de la infancia hasta desaparecer en el jubiloso orgasmo de los padres.

Pero la vida es como es, y no hay vuelta que darle. Ovidio, más allá de la bronca, no se rebela contra eso. Le parece mal, nomás, una distracción de Dios, algo así.

Ya logró sentarse. Siente la columna como si tuviera atada a ella -con alambres- un palo de escoba. Es el golpazo que se dio al perder el equilibrio con el esquí acuático. Se cagaron de risa los pendejos de mierda de la lancha, pero san puta se los lleve. Él pagó, trató de que no se le notaran las ganas de llorar, y se fue. El día anterior había sido parecido.

Comienza el proceso de acostarse. La sola idea de la torsión del tronco para acomodarse ya lo lastima. Lo hace con cuidado extremo, y es peor, pero dejarse caer en un instante seguro que sería más sufrimiento. Al pivotear sobre el brazo derecho siente que su gelatinoso tríceps está atravesado por agujas de tejer. Es justo ahí donde cayó todo su peso cuando la brida que había clavado en la piedra se soltó y él se vino abajo desde seis metros de altura. Pero mañana va a insistir con lo del alpinismo. Le parece importante. O un toque romántico, por lo menos.

Ya logró subir a la cama la pierna izquierda, y ve, espantado, que desde la rodilla hacia abajo tiene un color morado casi negruzco. Es por el porrazo con la baranda de mierda cuando quiso imitar a los pibitos que estaban ahí. Pero no le salió, y en lugar de saltar desde el skate (o como puta se llame) apenas pudo dar un movimiento brusco hacia arriba que no le evitó el impacto directo con la barra de metal sobre la que debía pasar volando.

Ahora es el turno de la pierna derecha, que está mejor, porque por suerte la mayoría de los autos frenó cuando él se puso a bailar en medio de la avenida. Lástima el boludo de la motito, que venía pelotudeando, no lo vio a tiempo y lo tocó con los pedales, abriéndole los tajos que ahora tiene cubiertos de gasas y Pervinox.

Ovidio está más cerca. Lo que necesita ahora es ir flexionando los brazos para apoyar todo el cuerpo sobre la colcha gris, que por suerte le transmite una frescura que alivia todo. Los trapecios son un tormento, casi seguro que por la mochila de mierda. Además tardó tanto en conseguir que un vehículo se detuviera y lo llevara, que el sol le laceró la piel del rostro y los antebrazos. Para colmo, el tipo iba a 30 kilómetros de ahí, y nada más. Chau tu viaje por América.

Al fin logra tenderse todo a lo largo. Tantea el estómago y siente el hematoma por el resbalón en la costa, que lo hizo derribarse con el costillar justo encima de una de las piedras que la espuma del oleaje escondía. Cuando uno no está de racha, hasta bañarse desnudo bajo el cielo limpio es una desgracia, pensó él. Encima, los policías pajeros, que cuando querían ayudarlo a levantarse lo soltaban una y otra vez, debilitados por las carcajadas.

Mira hacia el techo y vuelve a putear. Se olvidó de prender el ventilador. Ni en pedo se va a levantar ahora. "Mejor guardar la energía para mañana, que también va a estar jodido", se dice. Iba a pensarlo, pero le salió en voz alta. Y al hablar volvió a sentir el ardor en la cara. El tremendo cachetazo de la morocha que atiende en la estación de servicio y a la que nunca se había animado a pedirle un beso. "Disculpe, es que a veces uno se queda sin tiempo para escribir un poema aunque sea", le dijo, avergonzado pero no arrepentido. La chica no entendió nada, y agregó una patada en el tobillo, que ahora sí sentía allá en el otro extremo de la cama, latiendo un dolor paciente.

De repente, la alarma, y unas ganas casi de llorar. Una revolución intestinal le va dejando en claro que toda la movida para reposar fue en vano, ya que va a ser necesario acudir con urgencia al baño. Efecto cantado, supone, de las ostras crudas y el tequila, imprudentemente ingeridos luego de su matecocido con leche de todas las mañanas.

Ovidio, resignado, comienza a planear de qué modo acomodar brazos y piernas para acudir a la cita con el inodoro. Todo duele más que minutos antes, más que ayer, más que el día anterior, más que la semana pasada.

"Sinceramente, esto de vivir cada día como si fuera el último me tiene recontrarremil podrido", le dice a las maderas del cielorraso.

 

 

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Comentarios   

 
0 #1 lore 26-09-2013 11:31
cuanta gente sin despabilarse y sin amores sensibles
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